Discurso de la Dra. Esther Orozco

 

Discurso de la Rectora de la UACM, Dra. Esther Orozco, durante la ceremonia de nombramiento como Investigadora Emérita del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados.

 

Dr. René Asomoza, Director General del CINVESTAV, Dr. Fernando Navarro, Secretario Académico, Dr. Marco Antonio Meraz, Secretario de Planeación, Dra. Rossana Arroyo y demás miembros del presidium.  Colegas del CINVESTAV, Consejeros Universitarios de la UACM, estudiantes, queridos amigos y amigas, queridísima familia, Tomás, Alejandra, Lorena, y Julio, mi hijo, que como mi madre y mis otros hermanos no están en esta sala, pero siempre están conmigo. Gracias por estar aquí, en este día tan memorable, más aun cuando me toca la suerte de compartir esta ceremonia con alguien a quien le debo tanto, en enseñanzas, en confianza y en cariño, con el Dr. Feliciano Sánchez Sinencio, uno de los grandes amigos que me ha dado la vida. Felicidades querido Feliciano. Con Feliciano, Juan Luis Peña y Julio Mendoza formamos un cuarteto que nos reunimos con frecuencia para componer el mundo, no hemos logrado nada, pero la pasamos muy bien.

 

En el año de 1975 me inscribí en la Maestría de Biología Celular en el CINVESTAV-IPN. Treinta y seis años después tengo el honor de ser investigadora emérita de esta gran institución.

 

Mi incursión en la ciencia fue gracias a que tuve la oportunidad de escuchar en Chihuahua el trabajo de científicos que dedicaban parte de su tiempo a la tarea de iniciar a jóvenes estudiantes de la provincia mexicana por los caminos de la ciencia. Saúl Villa Treviño, Samuel Zinker, Pedro Joseph Nathan y otros más fueron a la Universidad Autónoma de Chihuahua a hablarnos sobre su trabajo de investigación. Al paso de los años, he comprendido la trascendencia de esta tarea para el desarrollo de la ciencia mexicana. Explico un poco, cuando yo vine a México, hacía 22 años que, gracias a los trabajos de rayos X de Rosalind Franklin, Watson y Crick habían descubierto la estructura del DNA. Ya se sabía que esta molécula contenía las bases de la herencia biológica. Pero en las universidades del interior del país, la investigación científica estaba ausente y la enseñanza era a partir de libros que nuestros profesores habían conocido cuando ellos se formaron.

 

Hoy, a pesar del avance de la tecnología, en mi pueblo natal, San Isidro ó, Estación Pascual Orozco, como en miles de pueblos y ciudades de este país, los descubrimientos científicos no llegan a los oídos de los niños, ni a los de sus padres.  Imaginen pues lo que significó en aquel tiempo, escuchar a los investigadores del Cinvestav hablar sobre cómo surgen las preguntas científicas, cómo se hacen las estrategias para responderlas, cómo se analizan los resultados y cómo se valora el conocimiento que se genera con ellos. Asomarme a este mundo me hizo creer que ese privilegio contenía un mensaje especial para mí: y que, a pesar de las limitaciones económicas, sociales, geográficas y de género, yo podría ser de las seleccionadas para entrar al mundo de la ciencia. El mundo de la libertad, pensé entonces, donde el límite es la creatividad y el trabajo. Ahora he modulado este pensamiento porque los límites, después de la creatividad y el trabajo, están acotados por las circunstancias, la burocracia y los presupuestos.

 

En julio de 1975 recibí un telegrama en mi casa en Chihuahua, que decía “Beca de CONACYT otorgada, inician cursos maestría el 1º de agosto”.  Tomás y yo pasábamos por una etapa difícil porque por razones políticas nos habían corrido de la Universidad Autónoma de Chihuahua en donde dábamos clases en la preparatoria nocturna. Así es que, decidimos que yo podría venir a México a hacer la maestría, y si me iba bien, él y los niños me alcanzarían en el mes diciembre.  Para correr la aventura de trasladarme a la Ciudad de México, mi madre Sofía se hizo cargo de mis dos hijos, Julio, de 8 años y Ale de dos.

 

No era la primera vez que me aventuraba así, ya en 1955, de la mano de mi cómplice y guía, mi abuela Julia Franco viuda de Orozco, un día, en contra de la voluntad de sus hijos, mis tíos y mi propio padre, tomamos el tren para Chihuahua. Huimos del pueblo para que yo pudiera hacer la secundaria, porque en varias leguas a la redonda no había escuelas secundarias.  

 

A la distancia, veo que decidir por los caminos del conocimiento implicó una serie de actos de audacia. Cuando me vine a la Ciudad de México, dejé en Chihuahua amigos, casa, familia y marido. Tomás y yo andábamos por los treintas, con las hormonas en la cúspide de su expresión genética y, salirme de mi casa fue una apuesta fuerte, que podía haberme hecho perder lo que más amaba. Seguro, la raíz de mi afición a las apuestas se encuentra en mi padre, Salvador Orozco, quien fue un gran jugador y su obsesión está en mis genes.  Yo no juego ni a las cartas, ni a la ruleta, ni en la bolsa de valores, pero los genes de mi padre se expresan en mí apostándole a la vida. Cada vez que se presenta la oportunidad de crear algo, me faltan fuerzas para dejar de lado el riesgo.  Eso, como a los jugadores compulsivos, me mantiene viva, con la adrenalina alta, inteligente, llena de buenas pasiones y dispuesta al trabajo creativo.

 

Desde niña aprendí que en el juego, aunque se pierda, algo queda. En el juego de la vida, quedo yo. Por eso, cuando pierdo, no pongo malas caras, ni me deprimo, ni me convierto en víctima. Me obligo a recordar que la vida ha sido buena y como dice Mercedes Sosa, me ha dado tanto. Me ha fortalecido para aceptar lo que venga, hasta la apuesta final, la que también está en mis genes, en mi condición de ser vivo y nadie puede evadirla.

 

¿Cómo no voy a pensar así, si nací contradiciendo la férrea voluntad de mi padre desde el momento de la fecundación cuando el azar decidió que sería mujer? La primera de nueve hijos, en un pueblo polvoso, olvidado de Dios y los gobiernos.

 

No es poco, haber tenido la oportunidad de ser científica primero, y después emérita de la mejor institución de América Latina. Esto, además, rodeada de afectos que en una suma algebraica, anulan los desafectos, también parte de la vida misma. Mis amores son tan grandes que se los digo con el corazón en la mano, no permiten que los reclamos, la depresión, el resentimiento y  los odios se instalen en mi vida. Cada vez que suceden cosas que me oprimen hasta las lágrimas y me lastiman hasta el gemido, me digo: es la vida, Esther, ojos abiertos, cabeza fría y corazón encendido para aceptar lo que venga, no con resignación, sino con la certeza de que el trabajo, la inteligencia y los amores me ayudarán a pasar los tragos amargos, mientras llega la miel que me provee de energía.

 

Llegué a esta hermosa ciudad, hoy de vanguardia, como provinciana asustada con el tráfico y la lluvia, pero sobre todo con los chilangos. ¡Quién me iba a decir que al paso de los años yo también sería una chilanga orgullosa de mi ciudad y de su gente!  La primera clase que escuché fue sobre el origen de la vida.  Los compañeros me apantallaron, me hicieron pensar que mi formación provinciana no daba el nivel para estar con ellos. ¿Qué sabía yo del origen de la vida, si solo había leído del tema en La Biblia?  Tanta teoría y filosofía que expresaban ante la paciencia del profesor, Dr. Martínez Palomo, por poco y me hacen regresarme con los norteños, que van al grano, y en general son parcos, más inclinados a la acción que a investigar problemas filosóficos. Y es que el desierto no se vence solo con argumentos.

 

Finalmente, bien pasé la materia de Biología Celular y las otras de prerrequisitos y decidí que haría mi tesis de maestría y doctorado con el Dr. Martínez Palomo. Publicamos varios artículos, uno de ellos, en el Journal of Experimental Medicine, que después de 30 años sigue siendo citado en la literatura.  

 

Decidí trabajar con la amiba porque era el tema que en aquellos tiempos me parecía más terrenal.  Pronto vislumbré los caminos maravillosos de la ciencia e inicié su recorrido con la emoción de una mujer enamorada más que de la ciencia, de mis posibilidades. Gabriel Guarneros se interesó por las amibas y me propuso generar mutantes, para que por comparación con las cepas silvestres, encontráramos las proteínas y los genes que la hacen virulenta. Nadie había generado, en ese entonces, mutantes de protozoarios patógenos y E. histolytica tiene la dificultad de que posee un genoma con gran plasticidad, pero la forma rigurosa de Gabriel de enfocar los problemas, su capacidad crítica sin concesiones y su obsesión con los controles de los experimentos, hizo que lo lográramos. Fue una época de vivir con el acicate de sacar resultados experimentales, de comprobar y volver a comprobar y volver a comprobar para convencer. Tiempo de escribir y re-escribir y re-escribir en inglés, cuando yo apenas podía leerlo, pero no lo hablaba fluidamente y menos lo escribía con el rigor y la perfección que exige un artículo científico. Encontré la solución, convencí a Julio mi hijo de inscribirnos en el Anglo. Íbamos juntos a clases a las seis de la mañana. Julio se enamoró de los idiomas y se volvió perfeccionista en varios de ellos, y yo, aprendí el inglés que necesitaba para la exposición de mi trabajo en foros internacionales, la discusión con los colegas extranjeros y la escritura de los artículos.

 

Terminé el doctorado en 1981 y el Dr. Guarneros me invitó a incorporarme al Departamento de Genética y Biología Molecular como profesora, el Director del CINVESTAV en ese tiempo, el Dr. Manuel Ortega, aceptó la propuesta que yo no podía desdeñar. Pedí como condición la posibilidad de tener estudiantes (cuando uno es joven, se le hace fácil poner condiciones, como si estuviera en condiciones de condicionar). Gabriel no estaba solo y el Departamento de Genética tenía profesores jóvenes, llenos de pasión como yo, fue muy difícil, pero al final se pudo. 

 

Un día, en el año de 1990,  el Dr. Martínez Palomo me llamó a la Universidad de Harvard en donde estaba como profesora visitante y me invitó a ser parte del hoy Departamento de Infectómica y Patogénesis Molecular. Acepté.  En este caminar por la ciencia, construyendo laboratorios y formando investigadores, me ha acompañado, incansable en el trabajo, la Dra. Guillermina García Rivera. Gracias Guille.

 

Empezaron a llegar al laboratorio estudiantes para trabajar en sus tesis de licenciatura, de maestría y doctorado proponiendo proyectos, diseñando estrategias y haciendo experimentos usando las mutantes y hurgando en el tema de las proteínas y los genes de virulencia de la amiba y en el desarrollo de su resistencia a los fármacos, entre otros. Encontramos en la superficie de los trofozoítos un complejo que llamamos EhCPADH, formado por dos proteínas, una adhesina y una cisteín proteasa. Caracterizamos los genes y proteínas ad libitum y los probamos como candidatos para desarrollar una vacuna. Hemos publicado cerca de 170 artículos originales y expuesto nuestro trabajo en cientos de congresos.

 

Es una gran satisfacción mirar las carreras de mis hoy colegas que pasaron por mi laboratorio. Varios, dirigen grupos de investigación en distintos departamentos del Cinvestav, como la jefa de mi departamento, Rossana Arroyo, Mario Rodríguez, Fidel Hernández, Miguel Angel Vargas, Rosaura Hernández, María Eugenia Hidalgo, Leopoldo Santos, Jesús Valdés, Juan Pedro Luna y Vianey Ortiz, que estuvo un año con nosotros después del terremoto de 1985. Otros hicieron carrera en el IPN, como Leobardo Mendoza que acaba de morir, Guillermo Pérez Ishiwara, Consuelo Gómez, Ismael Vázquez y Laurence Marchat. Otros están en la UACM, como César López Camarillo, José de Jesús Olivares, Guadalupe de Dios Bravo, Elisa Azuara, Eduardo Flores Soto y Eduardo Carrillo, otros más en la UNAM y en universidades estatales, como Carolina Martínez, Dulce María Delgadillo, Amelia Valdez y Margarita Guaderrama, en el extranjero trabajan Marco Antonio Sánchez, Lilia Canóves, Xóchitl Madriz y Lucía Menezes. Algunos, como Marzella Baez y Deborah Lazard son exitosas empresarias y otros, como Cecilia Bañuelos y Máximo Berto Martínez impulsan el desarrollo de la ciencia y la tecnología desde el ICyTDF. El honor de ser emérita, que hoy me otorga el Cinvestav corresponde sin duda a ellos y al Departamento de Infectómica y Patogénesis Molecular.  

 

En el 2006, el Lic. Marcelo Ebrard, Jefe de Gobierno, me pidió que creara el Instituto de Ciencia y Tecnología del D.F., dirigido hoy por el Dr. Julio Mendoza, y el cual se ha convertido en un referente para el desarrollo de la ciencia y la tecnología en la Ciudad de México y en el país. Su semana anual de la ciencia y la innovación convoca a grandes científicos internacionales y le ha dado prestigio en todo el mundo. En mayo del 2010, me eligieron Rectora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y fui allí con el objetivo de trabajar por la educación de los jóvenes y así saldar cuentas con mi historia de vida.

 

¿Qué significa ser emérita?  Sorprendentemente, no encontré en la enciclopedia, ni en la web una definición que coincidiera con lo que siento.  Todas hablan de jubilados reconocidos, de premios por lo ya hecho, pero no de  potencialidades para el futuro.  Yo aspiro a seguir aportando a la sociedad granitos de arena, con la convicción de que lo que se haga bien en educación, ciencia y tecnología podrá formar la playa a la cual los mexicanos encausemos este México maltrecho.  Irme a casa, a leer, a regodearme con mis logros y a cuidar a mis hermosos nietos, aunque suena bien, no me es atractivo.  Estoy segura de que coincido con muchos de mis colegas, en que tengo el deber y las ganas de seguir adelante sin autocomplacencias ni engolosinamientos con lo que ya he hecho, consciente de que más allá de que lo merezca o lo desee, soy ejemplo de vida de mis hijos, mis sobrinos, mis estudiantes y muchas mujeres con las que he compartido trozos de mis días. No he acabado todavía.

 

Viene al caso una anécdota del gran escritor Jorge Luis Borges. Cuentan que una  vez, en la Embajada de Argentina en París, vino un diplomático, joven, arrogante y asertivo que lo increpó pidiéndole una copia de su Currículum vitae. El acompañante de Borges, presuroso, dijo que lo enviarían inmediatamente. Borges lo interrumpió, levantó la mano y le dijo con voz queda: Mon cher ami, la verdad es que cuando era joven trataba de acumular comprobantes de mis supuestos méritos, para tener, cuando fuese viejo, un Currículum vitae importante, pero fracasé y ya viejo no tengo vitae y debo conformarme con ser simplemente Borges.  Sin querer comparar mi modesta persona con tan ilustre personaje, creo sinceramente que después de estas luchas, me conformo con ser simplemente Esther, a cambio de que la vida me permita seguir haciendo cosas. El honor que hoy me otorga mi querida institución tiene el enorme valor de las grandes cosas que llegan cuando una ya no busca el reconocimiento con la misma pasión y ansiedad con que lo anhelaba, cuando más joven. Desde luego, sé que tengo la energía y el valor de muchos jóvenes para seguir trabajando por construir un mejor país. Y a estas alturas, tengo, además, la experiencia suficiente para valorar lo importante, y mirar con condescendencia lo coyuntural y cotidiano, que lastima o envanece pero pasa sin dejar huella.

 

La otra pregunta que me hice fue: ¿Qué significa para el Cinvestav este tipo de eventos?

Por un lado, la generosidad de una comunidad que  reconoce la experiencia y el trabajo de sus colegas; y por el otro, pone sobre la mesa un grave problema de la ciencia mexicana, la imperiosa necesidad de dar espacios a los nuevos investigadores, la urgencia de abrir nuevas instituciones y nuevas plazas para que la ciencia que busca descubrir los secretos de la Naturaleza y la que usa esos descubrimiento para dar respuestas a los problemas sociales, aumente sus frutos, que por ahora son magros. Apenas 17,000 científicos reconocidos por el SNI, apenas 1.8 científicos por cada 100,000 habitantes. Significa la necesidad de replantear la educación, para incluir en ella, desde el jardín de niños hasta el posgrado, ejes fundamentales que permitan bien forjar a los ciudadanos que construirán la nueva sociedad. Necesitamos programas, estrategias y acciones que lleven a:

  1. Formar una mentalidad científica en nuestros niños y jóvenes, para que puedan interpretar la realidad y transformarla.   
  2. Construir el pensamiento abstracto por medio de la enseñanza de la Matemática, no como una asignatura para memorizar leyes y fórmulas, sino como una herramienta para comprender cualitativa y cuantitativamente los fenómenos naturales y sociales y sus interrelaciones.
  3. Desarrollar su capacidad para estructurar el pensamiento y expresar las ideas, tanto en forma oral como escrita, tanto en español como en inglés, como condición necesaria para comprender a los otros y lograr el intercambio de propuestas que enriquezca el quehacer nacional por medio del debate inteligente.
  4. Formar ciudadanos y ciudadanas responsables, con valores de solidaridad, honestidad, amor a lo nuestro y respeto, comprensión y valoración de lo diferente y lo ajeno, cultos y con sensibilidad para apreciar y generar arte, conocimiento e ideas.
  5. Lograr que todos los niños y los jóvenes puedan y aprendan a acceder al conocimiento por medio de las mejores tecnologías y metodologías pedagógicas, que sean capaces de transformar la información que se encuentra en la web en conocimientos que los enriquezcan personalmente y les den herramientas para abrirse paso en la vida

 

¿En quién confiamos para hacer esto?

 

¿En una derecha que no ha sabido conducir el país por los caminos de la paz y del trabajo y entre los costos de sus políticas se cuentan las vidas de más de 50,000 mexicanos, la mayoría de ellos jóvenes?

 

¿En los que se dicen revolucionarios pero que cuando tuvieron la oportunidad dejaron que el país se hundiera en la ignorancia, la corrupción y la pobreza?

 

¿En una izquierda hoy casi omisa, salvo excepciones, ante los problemas en la educación, el escaso desarrollo de la ciencia y la tecnología, muda ante la violencia, los asesinatos de luchadores sociales, los derechos de las minorías, el secuestro y el asesinato de migrantes?

 

Nos tenemos solo a nosotros. El país está casi carente de voces y acciones que nos lleven a cambiar el rumbo, pero nos queda el trabajo de todos los mexicanos, el optimismo y la convicción de que desde la educación, la ciencia y la tecnología podemos ayudar a construir el México que muchos soñamos y por el que hemos trabajado. Muchas gracias otra vez.

 

OoOoO

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