Tres palabras, Autonomía, Educación y Libertad: David Huerta.

 

 

 

El siguiente texto es un fragmento del libro

“Pienso Luego Estorbo”

Textos en defensa de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México

Al Consejo Estudiantil de Lucha

Las tres palabras (“autonomía”, “educación” y “libertad”) que han sido utilizadas con insistencia por los estudiantes en paro de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) —en especial a lo largo del conflicto iniciado el 28 de agosto de 2012— merecen un examen detenido: una valoración crítica, capaz de discernir en ellas, en esas palabras, ciertas perspectivas fecundas para el movimiento estudiantil y para la comunidad universitaria en cuyo seno mismo nació ese movimiento.

Ese pequeño experimento procuraría extraer de esa especie de consigna un discurso razonado a partir de los significados y valores que esas voces llevan dentro de sí. Es lo que me he propuesto en estos renglones, a partir de una invitación a participar, en las afueras de Casa Talavera —centro cultural de la UACM—, el martes 9 de octubre de 2012 en las mesas redondas organizadas de un ciclo llamado, precisamente, “Coloquio Autonomía, Educación y Libertad” (CAEL).

El grito o consigna “autonomía, educación y libertad” tiene un peso específico desde varios puntos de vista: en una perspectiva histórica, señala un horizonte secular, una sociedad abierta, una organización laica de las relaciones sociopolíticas; en el contexto de los valores morales, se aparta de las formas confesionales de sujeción, vigilancia y cerrada formación “espiritual”, y se inscribe en un marco civilizado de republicanismo democrático; dentro de la cultura general, expresa

un concentrado e intenso deseo de búsqueda de la verdad y de   defensa de la razón en contra de la fuerzas coercitivas y represivas del conservadurismo. A todo esto hay que añadir un elemento cardinal: el hecho de que la UACM es la universidad pública, laica y democráticamente inspirada, que existe y funciona al servicio de las comunidades marginales de una de las metrópolis más grandes y complejas del mundo moderno.

La palabras “autonomía” tiene raíces griegas. La idea de autonomía tiene su manifestación fundamental en aquello que la palabra misma, en sus sentidos originarios, despliega como significado activo: la potestad de un individuo o una colectividad para gobernarse o regirse de acuerdo con leyes formuladas independientemente o al margen de los poderes establecidos.

En una universidad, este acto se expresa en las decisiones colegiadas de los representantes de la comunidad de las escuelas, unidos en un órgano de gobierno dotado del poder para elaborar planes de acción y para tomar decisiones: el consejo universitario. Cualquier ataque a este órgano es una agresión a la autonomía de la comunidad universitaria. En este sentido, las maniobras fraudulentas para alterar las elecciones del 10, 13 y 14 de agosto en la UACM constituyen un ataque de esta índole, orquestado por la rectoría y sus aliados. La conducta de la rectoría en la UACM ha sido, en este sentido, antiautonómica en grados escandalosos.

En un horizonte secular, la palabra “educación” tiene una relación de continuidad con la noción de “crianza”, cuya realidad práctica tenía ámbitos específicos: la casa familiar y la iglesia.

La educación moderna se aparta netamente de esos espacios y tiene plenitud funcional y finalidad en el contexto del laicismo, punto nodal del mundo secular y moderno. En una universidad pública, secular y moderna, no caben el dogma religioso ni el paternalismo familiarista, pues la educación que le da dirección y sentido a sus tareas es necesariamente secular.

La educación pública y la autonomía universitaria adquieren su pleno valor, doble y complementario, en la convergencia de las formas libres de llevarse a la práctica: libertad para relacionarse con la sociedad y libertad para darse leyes propias en los términos de una comunidad puesta de acuerdo consigo misma; pero, sobre todo, libertad para allegarse el saber y buscar la verdad, es decir: para enseñar con la razón y para investigar sin restricciones, además de difundir la cultura y vincularse, en tanto comunidad intelectual, con las comunidades circundantes, vecinas y objeto de su condición de institución pública.

La independencia o autonomía de quienes saben y se han propuesto seguir adquiriendo saberes y destrezas es la forma por excelencia de la libertad universitaria. No la de quien se siente “libre” de contestar cualquier cosa si le preguntan dónde nació el poeta español Garcilaso de la Vega o cuál es el centro del sistema solar (la libertad que se confunde con ignorancia); sino la libertad de quien escoge la verdad para responder porque previamente ha adquirido, por vías sistemáticas y rigurosas, la respuesta: Garcilaso nació en Toledo, el centro de nuestro sistema es el Sol.

La UACM fue concebida, planeada y fundada tomando en cuenta una serie de comunidades urbanas más o menos marginales o de bajos ingresos, agobiadas por problemas innumerables y con un amplio núcleo juvenil apartado, por inercias del sistema, de la oportunidades para acceder a la educación superior: Iztapalapa, Tláhuac, San Lorenzo Tezonco, Cuautepec, el viejo casco histórico de la metrópoli, rodeado de barrios como Tepito y La Merced. Las ciencias y las humanidades, la cultura y el arte, el debate continuo y la perspectiva crítica forman, pues, la sustancia misma, la razón de ser y las vías de trabajo de una universidad, pública, autónoma, secular y urbana. Contra esa sustancia, esa razón de ser y esas vías de trabajo, la rectoría de la UACM encabezó el golpe electoral del 22 de agosto, fecha en que desconoció el resultado de las elecciones y trató de instalar un consejo universitario sin consenso, espurio y anómalo, sin mayoría legal ni legitimidad.

Quienes participamos en 1968 en la más amplia e intensa movilización social del México posterior a la Revolución de 1910 tenemos el recuerdo diáfano de un gran rector: el ingeniero Javier Barros Sierra, defensor de la universidad pública, de sus estudiantes y profesores perseguidos, y también guardián de una ley republicana en cuyo marco adquiere todo su sentido la educación superior con un claro sentido social. Lo contrario de la conducta, la ética y los procedimientos que las autoridades de la UACM, y en especial la rectora Orozco, han mostrado desde el año 2010 y específicamente, con agresiva intensidad, en las semanas posteriores al 28 de agosto de 2012.

Durante más de diez años, la UACM ha sido un proyecto alternativo de universidad pública. De la crisis de 2012 saldrá fortalecida o seguirá corriendo los graves riesgos del autoritarismo, la exclusión de los jóvenes marginados y la transformación de un proyecto noble en una institución al estilo de las universidades tradicionales, en sus vertientes y estribaciones menos renovadoras, más enquistadas en fórmulas estériles de educación. Para que eso no suceda, los estudiantes del Consejo Estudiantil de Lucha se comprometieron en una lucha ejemplar, ardua, extenuante, en defensa de sus escuelas.

Los han acompañado habitantes de la Ciudad de México y los integrantes de las organizaciones de profesores, como el Foro Académico, convencidos, todos ellos, de la justicia del movimiento. Producto de los eventos que sacudieron a nuestra universidad antes y durante la huelga estudiantil, Pienso luego estorbo ayuda a reflexionar sobre lo que está en juego, más allá del conflicto con la rectora Orozco: el futuro de la educación pública en nuestro país.

Ciudad de México

22 de octubre de 2012

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