El nuevo secretario

 

La especulación se mantuvo hasta el último momento. Entre martes y viernes por la mañana, el sorpresivo nombre de Emilio Chuayffet, quien había surgido con fuerza la semana anterior, parecía que “se había caído”. Su fama del pleito con La Maestra, en 2003, habría ya propiciado el veto de ésta, según se decía en los medios; agregándose que el nuevo Presidente y el equilibrio de fuerzas en la Cámara de Diputados requería de la nada despreciable bancada de Nueva Alianza. A las quince horas del viernes 30 su nombre y presencia estaban ya en el gabinete y, un día después, en el mensaje de Enrique Peña, se le daban instrucciones para proceder, hacer y, posiblemente, transformar el sistema educativo en una de sus partes más sensibles: la educación básica.

El nuevo titular de la SEP se ajusta bien a una parte del perfil aquí trazado en las dos últimas entregas. Es una figura conocida, con una trayectoria profesional eficaz en el servicio público y con reconocimiento social. Un estudiante brillante en toda su vida escolar, con un ejercicio del magisterio universitario reconocido, y con obra de investigador desarrollada en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, entre otras instituciones. Además, fue secretario de educación en el Estado de México durante seis años. Muy pocos titulares de la SEP han llegado con un bagaje semejante.

Las otras tres características que ahí se marcaban como indispensables (legitimidad, respeto por parte de los principales actores del Sistema Educativo Nacional y mano firme para conducir una nave que requiere rumbo preciso y un piloto firme) sólo podrán apreciarse con la gestión, en las decisiones adoptadas y con los resultados conseguidos. Por lo pronto, aunque la encomienda inmediata es clara (contenida en el discurso de toma de posesión), ahí no se agota.

La SEP debe trazar en los próximos cinco meses una visión sexenal de lo que se quiere para el sector, reflejándola en el Plan Nacional de Desarrollo. Luego, a partir de este y con más elementos, deberá desmenuzar el conjunto de programas, proyectos y acciones que se desarrollarán en los siguientes cinco años y medio, incorporando todo ese conjunto en las políticas del sector educativo, el de ciencia y tecnología, el de la juventud y el cultural. Menuda e importante tarea para quien encabeza la nave de la SEP, misma que requiere, aparte del piloto, una “marinería experimentada”, que integre un equipo entusiasmado por hacer bien las cosas.

El Presidente, en su discurso, sitúa a la educación entre los dos grandes propósitos de su mandato: “elevar la calidad de vida de las familias mexicanas”, por medio de programas (los cinco ejes) “que impulsen la transformación de México”. ¿Es la misma música de otras épocas, o suena diferente?. El tiempo y las circunstancias lo dirán. Por lo pronto, lo ahí dicho sobre la educación básica marca el inicio, en intención, de recuperar la rectoría del Estado en el sector, misma que empezó a perderse cuando la SEP, en los cuarentas, hizo concesiones al naciente sindicato en ese terreno.

La reforma educativa anunciada el día primero (la séptima de las decisiones presidenciales) contiene ya dos medidas de enorme calado: a) sentar las bases para un servicio público de carrera docente; b) el establecimiento de un sistema nacional de evaluación. En ambas están involucradas acciones tan trascendentes como: terminar con el régimen de plazas vitalicias y hereditarias del magisterio de educación básica, así como emprender un inventario y censo, por parte de INEGI, de escuelas, alumnos y profesores.

La reforma requiere cambios en la normatividad. Habrá que modificar la Constitución y la Ley General de Educación. Conseguirla supone un número de votos que el ahora partido en el poder no tiene. Significa, por tanto, en el caso de la reforma Constitucional, convencer a cualquiera de las otras dos fuerzas políticas (PRD y PAN). De ese tamaño es el reto presente en dicha reforma.

Realizar todo ese conjunto (modificaciones al marco normativo y adopción de medidas) ha sido siempre un verdadero trabajo de Hércules que, desde hace por lo menos ocho sexenios, ningún secretario ni Presidente han podido realizar. Recordando a Guadalupe Victoria: ¿irá en prenda el prestigio y experiencia del nuevo secretario?

Carlos Pallán Figueroa

Miembro de la Junta Directiva de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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