La muerte del libro, la vida de la lectura Juan Domingo Argüelles

Los públicos culturales (lectores, musicales, pictóricos, etcétera) son fruto de una muy larga y arraigada tradición educativa, y no se forman de la noche a la mañana. De este mismo modo, no pueden desaparecer de un día para otro, ni tampoco cambiar radicalmente en un santiamén. En el caso específico de los públicos lectores, éstos se deben a su pedagogía, su historia y sus contextos.

 

Las nuevas formas de leer en sus soportes digitales son hoy prácticas plenamente contextualizadas, propias del ámbito y el tiempo en que se realizan, y constituyen el umbral de una cultura muy distinta a la de los lectores tradicionales. Hoy, las generaciones de nativos digitales poco tienen que ver con la tradición de la cultura escrita soportada en papel.

Por ejemplo, para los adolescentes y preadolescentes (nativos digitales sin duda) los libros en papel se relacionan más con el deber escolar, es decir con lo instrumental y lo obligatorio, que con el placer y con la libertad. Y esto cada vez se generaliza más porque la población digital se diversifica y expande, mientras los públicos lectores tradicionales se inmovilizan o se contraen. (Hay estudios estadísticos y cualitativos que así lo demuestran.)

Los funcionarios del libro, los editores, los lecturólogos, los autores, los promotores de la lectura y demás especies de la cadena editorial, andan (o andamos, dijo el otro) muy desconcertados, desorientadísimos (aunque no lo admitamos fácilmente) ante un futuro que nos ha alcanzado y que no sabemos no ya digamos cómo enfrentar sino siquiera cómo nombrar de un modo satisfactorio.

Tan tranquilos que estábamos cuando nuestros rollos sólo tenían que ver con el libro impreso, con el soporte en papel y con el problema del analfabetismo funcional. Hoy muchos no sabemos a ciencia cierta cómo comportarnos ante una nueva realidad para la lectura y, en no pocos casos, lo primero que hacemos es negarla. Creemos ingenuamente que si negamos el problema, éste desaparecerá.

Gente brillante, intelectuales muy lúcidos, del cuaternario y el pleistoceno de la era cultural, no quieren aceptar que su mundo (el mundo en el que se formaron) se ha visto alterado por transformaciones que los ponen de cabeza. Es el caso, por ejemplo, del hoy inefable Mario Vargas Llosa, que se angustia y se irrita por la sociedad o la civilización del espectáculo al tiempo que maltrata, injustamente, a los jóvenes internautas a los que llama monos, porque de qué otro modo los va a llamar (desde una perspectiva eminentemente civilizadora) si “piensan como monos”, según dice. Para él, son los nuevos bárbaros, y su barbarie abona la involución de la cultura.

Lo afirmó, con arrogancia intelectual, en la Feria del Libro de Montevideo en 2011, al referirse a los jóvenes cibernautas afines al Facebook, el twitter, el chat y el blog. Según su tautología, “si escribes así, es que hablas así; si hablas así, es que piensas así, y si piensas así, es que piensas como un mono”.

Lo que no dijo Vargas Llosa es que los llama monos porque no los entiende, porque no tienen los mismos códigos que él o porque, para decirlo mejor, él se sabe excluido de los códigos de esos monos. El malhumor de Vargas Llosa ante la cultura juvenil me trae a la memoria una frase que el siempre joven Chéjov apuntó en su Cuaderno de notas: (Páginas de Espuma, Madrid, 2010): “Todo aquello que los viejos no pueden hacer está prohibido o se considera punible”. Ni más ni menos.

Vargas Llosa ha dicho que el mundo que lo animó a él, y a otros privilegiados como él (el término “privilegiados” es reivindicativo y está en su libro La civilización del espectáculo, Alfaguara, México, 2012), se está despidiendo, es decir se está muriendo, pero le cuesta trabajo aceptarlo. Los libros, el arte, la literatura, la forma de leer y de escuchar música están cambiando, o más bien desapareciendo, para dar paso a otras formas culturales, y a él todo esto lo único que le produce es frustración. Que con su pan se la coma, pero la realidad no va a cambiar a su contentillo nada más porque no le guste.

Tratando de ser simplista (antes de que me tachen de simplista), diré algo en relación con la lectura y el darvinismo. Todos sabemos que una de las leyes de Darwin en relación con la evolución de las especies es que éstas o se adaptan o perecen y, cuando perecen, es porque hay otras especies que se han adaptado mucho mejor: especies más fuertes y mejor dotadas para sobrevivir en una cierta realidad modificada.

Nostálgicos y fantasiosos como somos, hijos de la ficción (el cuento, el cine, la novela), quisiéramos ver vivos a los dinosaurios, al dodo y al tilacino. ¡Vaya capricho!, pero lo cierto es que solemos confundir el deseo con la realidad. De tanto vivir en la ficción, hemos desaprendido a leer en la realidad. Estamos tan habituados a ver a otras especies tanto o más extraordinarias y asombrosas que los dinosaurios, el dodo y el tilacino (por ejemplo, las cucarachas), que no les prestamos ninguna atención, aunque el mundo será (y ya es) de las cucarachas.

Tengo la certeza de que los lectores tardígrados, lentos, morosos, parsimoniosos ―es decir los pertenecientes a la especie forjada en la tradición de los libros, revistas y periódicos impresos―, nos vamos a extinguir gradualmente (es decir no tan pronto, aunque tampoco tan lento), conforme vaya cesando la fuerza de esa poderosa tradición de la imprenta, para dar paso a otras especies lectoras (mucho muy veloces y por supuesto diferentes en sus intereses y necesidades) entre las cuales ya estamos viendo algo más que sus inicios.

Será la misma realidad la que nos demuestre que si el libro en papel desaparece es porque se habrá inventado algo mejor, e incluso si no mejor (desde el punto de vista de la tradición educativa), algo más acorde con los tiempos y los lectores, pues son estos últimos a fin de cuentas quienes tendrán que construir (desde sus especificidades) el sentido cultural para estar y ser en el mundo.

Antes que cualquier objeción o celebración acerca de esa realidad, habría que formular una pregunta más que pertinente: ¿Qué fue primero: el libro o la lectura? Aunque exista un debate teológico o bizantino en relación con el huevo y la gallina, en el caso del libro y la lectura, no hay debate posible. Primero fue la lectura, y el libro vino después como una invención sofisticada, tecnológicamente casi insuperable, dentro de la larguísima historia de la cultura humana. Por ello, no es por el libro que los lectores estamos dando la batalla, sino por la lectura, y por supuesto no es por el papel (sólo un soporte posible entre muchos), sino por la cultura escrita y por la importancia que tiene esta cultura para el desarrollo y la formación de la inteligencia y la sensibilidad.

No porque lo haya dicho Kant tiene que ser forzosamente cierto, pero mucho hay de verdad en su afirmación de que “el comienzo del arte de escribir [y con ello del arte de leer] se puede llamar el comienzo del mundo” (Sobre pedagogía, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 2009). Kant sabía lo que estaba diciendo: con la escritura y con la lectura comenzó propiamente el mundo que hoy conocemos; lo demás es prehistoria humana con huellas confusas de lo que fue. La escritura y la lectura, en cambio, nos dieron la oportunidad de nombrar el universo con palabras más perdurables que las de la voz que se llevó el viento.

La lectura, como la conocimos a partir de Gutenberg, en la segunda mitad del siglo XV, y hasta las últimas décadas del XX, es fruto de hábitos y costumbres culturales producto de la formación educativa y la transmisión de conocimientos de generación a generación. Así, la escritora austriaca Elfriede Jelinek refiere en uno de sus ensayos que sólo puede recordar a su padre con un libro o un periódico frente a sus ojos, y ella, por su parte, heredera de esa práctica, confiesa: “Siempre tiene que haber algo impreso delante de mis ojos, porque no se me ocurre nada más acorde con mi vida”. (La palabra disfrazada de carne, Gato Negro, México, 2007.)

En esto consiste la trasmisión de la lectura de acuerdo con un contexto determinado. Los monjes de la Edad Media, que asociaban forzosamente la lectura con la vocalización y que no imaginaban siquiera que alguien pudiese leer y escribir en silencio, no eran sino la consecuencia de su contexto cultural y educativo. Más que recomendable, en este tema, es el libro La travesía de la escritura: De la cultura oral a la cultura escrita (Taurus, México, 2006), de Sergio Pérez Cortés.

Ahora nos ha dado por querer profetizar y por adivinar el futuro, y especialmente el futuro del libro, el futuro de la lectura, el futuro del arte, etcétera. Los especialistas, lecturólogos, sociólogos de la cultura y ociólogos en general han asumido el papel de chamanes que aseguran saber de qué va la cosa. En realidad los historiadores, intelectuales y analistas nunca han sido buenos profetas. Saben del pasado y a veces nos explican el presente, pero del futuro no saben nada. Todos intuimos que las cosas serán diferentes o no serán, pero estamos muy lejos de saber cómo serán exactamente. No se vale echar mano de la ficción para resolver esto: en relación con el futuro del libro, las predicciones de Ray Bradbury (Fahrenheit 451) siempre estuvieron más lejos de la realidad que, por ejemplo, las de Elias Canetti (Acto de fe). Y ello por una sola razón muy poderosa: Bradbury es fantasioso; Canetti es realista.

Hoy no deja de asombrar que, cuando se habla de la transfiguración o la mutación de los lectores y de la transformación o la alteración del libro y la lectura, a causa de las herramientas digitales, y cuando se habla expresamente de “cultura digital”, quienes más opinan sobre esto son los viejos en lugar de que sean los jóvenes.

Son los jóvenes quienes realmente dominan este ambiente, pero en general son los representantes de la gerontocracia los que quieren seguir dictando las normas culturales para seguir conservando el poder. A la larga, todos nos convertimos en conservadores, precisamente porque pugnamos por conservar el mundo que le da sentido a nuestra existencia, aunque ya estemos más cerca del final que del principio. Los jóvenes tendrán que luchar porque los viejos no van a soltar, sin pelear, el poder que detentan. Es por ello que son los viejos, como Vargas Llosa, anclados en la nostalgia, los que niegan incluso que exista algo que pueda denominarse “cultura digital”. Llegan a decir incluso que en lo digital no hay cultura y que, por lo tanto (otra tautología) la cultura digital no existe. En esta lucha generacional, respiran por la herida. Una herida de muerte.

Y ya que hablamos de muerte, hablemos bien de ella. En nuestra sociedad, en lugar de una muerte digna, la medicina ha extendido engañosamente los horizontes de la vida humana. Hoy podemos vivir cien o más años, pero en lo que no se aclara es que los últimos veinte están llenos de achaques, embolias, derrames cerebrales, cánceres, hemiplejias y una calidad de vida francamente deplorable. En lugar de prepararnos para morir, la sociedad de consumo nos vende la ficción de que podemos alargar la vida y retrasar el envejecimiento, y nos prepara, tramposamente, para no morir. Incluso en un país como México, que tanto se ríe de la muerte, hay una especie de creencia de que todos se van a morir, menos uno.

En su libro Némesis médica (Barral, Barcelona, 1975), Ivan Illich mostró el verdadero rostro del supuesto avance médico. La medicina en Occidente en lugar de dejarte morir en paz, te da falsas esperanzas a cambio de dinero. Al final te deja sin dinero y sin vida. De esto se trata la hospitalización del anciano enfermo o del enfermo terminal: en lugar de mandarlo a su casa, con paliativos, a morir dignamente en sus últimas semanas, en compañía de su familia, lo entuban y le exprimen hasta la última gota de dinero, y luego, cuando ya ha sido exprimido, lo sacan con los pies por delante a que lo reexpriman los servicios funerarios. La medicina clientelista puede agotar los ahorros de toda una familia en sólo 30 días de hospitalización, para de todos modos enviar al enfermo al camposanto.

¿Qué tiene que ver todo esto con una sociedad lectora? Es un símil, un paralelismo. Hoy queremos entubar a los lectores tradicionales aun a sabiendas de que todo aquel enfermo terminal que es entubado sólo sale del hospital al velatorio. A muchos les espanta la muerte del libro o, para decirlo mejor, la muerte del libro como hoy lo conocemos. Es absurdo. La muerte es parte de la vida. Ineludible. Impostergable. ¿O será mejor decir que lo que asusta no es la muerte del libro, sino la muerte del negocio del libro? Tal vez es esto, porque bien saben los que venden publicaciones impresas en papel que tendrán que adaptarse o perecer, pues en este negocio ya hay otros más aptos que, por supuesto, no trabajan con la misma mercancía ni tienen demasiado interés por un público lector tradicional que cada vez es más magro.

Marcelino Cereijido y Fanny Blanck-Cereijido han estudiado el tema de la muerte muy profundamente desde una perspectiva científica. Autores del libro La muerte y sus ventajas (Fondo de Cultura Económica, México, 1999), han dicho que “si no hubiera muerte, no habría evolución y no se habría llegado jamás a generar la especie Homo Sapiens, es decir, no estaríamos aquí para contarlo”. La muerte, en efecto, tiene sus ventajas: da paso a otra vida o a otras formas de vida más evolucionadas. No sabemos si más felices, pero a fin de cuentas en esto no podemos elegir. Las tecnologías también mueren para dar paso a otras. Lo que asombra es la falta de lógica de quienes no pueden comprender una cosa tan simple.

Los ejemplos abundan. El disco compacto de música, que fue un paso superior en la evolución de las grabaciones, dejó atrás al disco de acetato y al casette o la cassette, es decir la cajita de cinta magnética, que en su momento, tecnológicamente, eran unas maravillas. Pero el mismo CD ya está casi en la tumba, pues hoy existen dispositivos superiores en fidelidad de sonido y en capacidad de almacenamiento que uno no puede sino compadecer a los nostálgicos que todavía quieren seguirle dando vuelta a la manivela de su victrola. Allá ellos, muy su derecho, pero que no esperen que todo el mundo los imite.

Yo sé que, como lector híbrido, es decir como migrante digital, he entablado una relación con el teclado y la pantalla más por interés que por amor; también, por supuesto, por comodidad y por la ley del menor esfuerzo. Sin embargo, en cuestión de lectura, sé que moriré leyendo libros en papel, porque pertenezco a la cultura de este soporte y porque el libro en papel trazó mi realidad lectora. Pero no veo la razón (porque no hay razón ninguna) para que todos me sigan en este particular desbarrancadero.

En La industria del libro (Anagrama, Barcelona, 2002), Jason Epstein lo dice muy claramente: todas las tecnologías, incluidas las del libro, se asientan sobre las precedentes. No hay manera de volver al pasado si no es con el candor que hace de lo retro un lujo esnobista: en algunas tiendas, por ejemplo, venden imitaciones de las antiguas consolas de discos de acetato, con su tornamesa, brazo y aguja, pero en esa misma caja hay también una unidad para la reproducción de discos compactos. Curiosamente, justo cuando el CD va a pasar a mejor vida. Lo que se vende en realidad es un cascarón para nostálgicos.

¿Hay alguien hoy que piense de veras que el telégrafo era mejor que el correo electrónico, y que el fax era mejor que su iPad y su Blackberry? Por lo que a mí respecta, soy uno de los individuos menos tecnologizados. Mi teléfono celular es una reliquia que sólo sirve para hablar y escuchar, no tengo iPad ni Blackberry, mi laptop es un vejestorio que pesa más de tres kilos, no uso las redes sociales, me importan un cacahuate el Twitter y el Facebook, no tengo Kindle, y sin embargo puedo saber que todo eso que no me sirve a mí es fundamental para “los otros lectores”, los que son diferentes a mí.

No nos engañemos. La lectura está cambiando. Ya cambió. Los lectores ya cambiaron. El soporte de los libros ya nos ha dejado atrás a los que leemos en papel. Y todo esto que a veces llamamos futuro de la lectura y futuro del libro no lo vamos a decidir nosotros sino los que habiten ese futuro, es decir ese presente. A nosotros nos toca un presente contradictorio que tiene contra la pared a los gobiernos, a los empresarios y a los ideólogos de la lectura que, en medio de sus desconcierto, sospechan que algo tienen que hacer (tal vez desdoblarse, metamorfosearse, duplicarse, partirse) para adaptarse y no perecer. Si no lo hacen así, no sólo no tienen ningún futuro, sino ni siquiera un presente.

Más allá del renombrado valor de la cultura tradicional del libro, como la conocemos, a los editores les preocupa cómo adaptarse para seguir vendiendo, a los especialistas en lectura cómo adaptarse para seguir vendiéndose, y a los gobiernos cómo adaptarse para seguir mintiendo y que, además, les sigamos creyendo.

Dejemos al enfermo morir en paz. Es más, ayudémosle a morir dignamente. Por caridad, contribuyamos a que su muerte no sea tan dolorosa. De todos modos se va a morir, para dar paso a otros que están llegando a hacer la cultura que a algunos les parece hecha por monos, simple y sencillamente porque no la comprenden y porque no forman parte de ella.

Razonablemente, el editor Constantino Bértolo, responsable del sello español Caballo de Troya, ha dicho que “si la industria editorial tiene futuro este futuro no está escrito ni será publicado en papel” (eldiario.es, 8 de diciembre de 2012). De hecho, como es obvio, el futuro del libro no está entre nuestras más longevas generaciones, sino en las más nuevas. Todavía seguimos teniendo una visión tribal sobre asuntos que consideramos inmutables. Todavía asumimos que el consejo de ancianos detenta el saber y la sabiduría, pero Steve Jobs tenía 20 años cuando fundó Apple y cuando lanzó el primer ordenador personal de la historia que ha modificado las formas de leer y de escribir, pero sobre todo las formas de vivir y convivir.

¿De veras llegamos a creer que el libro y la lectura eran inmutables? Yo creo que sí. Por eso enfrentamos hoy, con dramatismo, el fin de una era en la que nos anclamos y el principio de otra para la que no estábamos preparados. Si Gustavo Adolfo Bécquer dijo famosamente “podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”, es justo admitir también que podrá no haber libros pero siempre habrá lectura, en tanto la especie humana exista y evolucione.

En todo caso, si queremos que los jóvenes lean algo más que mensajes de 140 palabras, ellos mismos tienen que crear, escribir, diseñar, plantear y conceptualizar o reconceptualizar la lectura y sus instrumentos. Si consideramos que no vale la pena insistir porque de antemano los juzgamos bárbaros (“unos monos”), sigamos haciendo nosotros los libros que sólo nosotros queremos leer, pero de todos modos ellos seguirán leyendo y escribiendo como sólo pueden hacerlo no dentro de nuestro deseo sino en su propia y soberana realidad.

 

Juan Domingo Argüelles

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de lectura. Sus más recientes libros: Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes (Océano, 2011), Estás leyendo… ¿y no lees? (Ediciones B, 2011), Lectoras (Ediciones B, 2012), La lectura (Fondo Editorial Estado de México, 2012) y Antología general de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2012).

 


 

 

 

La lectura, Elogio del libro y alabanza del placer de leer, de Juan Domingo Argüelles, un bellísimo libro ilustrado por Irma Bastida Herrera y publicado por el Fondo Editorial del Estado de México, FOEM, empezó a circular en estos días. Tal como reza el título, un homenaje a la lectura como un placer; un regalo del gobierno de Eruviel Ávila y de su secretario de Educación Raymundo Martínez Carbajal para los amantes de la lectura. El secretario técnico del FOEM y responsable directo de la publicación es el ex rector de la UAEM, Agustín Gasca Pliego.

 

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