“¿Sabías que ya me voy?”. Tiempo de despedidas. Luis Porter

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LAISUM. – México.
 

 

 

Autumm turns the leaves to gold
Slowly dies the heart
Sad young men are growing old
That's the cruelest part 

De “La Balada de los hombres tristes” 
 por Fran Landesman

 
Llegado el tiempo para recorrer otros caminos

Últimamente, camino por los pasillos de mi universidad, como lo he hecho desde que no había pasillos, y me ocurren cosas que antes no me ocurrían. De pronto, en el vestíbulo, un colega de siempre, de esos que consideramos amigos porque hemos convivido con ellos infinitos años, aunque nunca hayamos compartido hombro con hombro salones de clase, ni juntas, ni contiendas, sino más que nada el encuentro casual, casi cotidiano, promovido por el trazo de ese arquitecto que quiso destinarnos al mundo de las crujías, se detiene y de una manera nueva, inesperada y distinta, nos saluda.

El “hola, como estás” tiene un nuevo tono y trae un nuevo ritmo. No es un hola de paso, no es un saludo convencional como el de todos los días que se repiten. Es un hola que viene seguido, casi de inmediato, de un silencio y la noticia, en otro tono, de su inminente retiro. Ese pequeño bache, ese casi imperceptible silencio, precede otra voz en la que se nos informa algo que implica una importante decisión, acompañada de una fecha arbitraria, que sin embargo marca el final de un largo ciclo. Un ciclo no muy diferente al mío o al tuyo. La conversación continúa, en ese lenguaje que evade la palabra jubilación, en donde lo socialmente correcto sería simplemente aceptar la inexorable inesperada despedida. Después de todo, aparentemente nada nos une, mas que la institución que compartimos, y sin embargo es tanto lo que nos une, por ejemplo, sus textos que más de una vez leímos, aquella conferencia que nos ilustró o aquel libro suyo que tanto trabajo y tiempo costó que apareciera, su tramo de sabiduría, su calidad de experto en esos temas que siempre le envidiamos y admiramos.

Tampoco olvidamos aquella cotidianidad hecha de encuentros y lecturas que precedían siempre al día de mañana, proyectos en proceso, planes en marcha, calendarios que se repetían. Una secuencia de acciones que llegan a este hoy, después de habernos encontrado tantas veces, uno yendo y el otro viniendo: -¿Sabías que ya me voy?, – ya no aparezco en las listas – , mi último día es el… – Y uno ofrece las más sinceras felicitaciones, extiende los brazos solidarios, dibuja esa sonrisa de satisfacción por ese ciclo de vida que hoy llega a su fin, por el instante de la culminación. Y al mismo tiempo, se intercala en la casual charla, entre frase y frase, ese silencio que esconde la certeza de que en ese pasillo ya no nos encontraremos. Y esa mezcla de emociones, en un encuentro casual, en el entrevero de las reglas sociales y la cordialidad, de la franca emoción y el gusto, tiene otra medida, una dimensión cósmica, universal, humana, grata y a la vez, dramática.

La universidad pública mexicana se va llenando de encuentros emotivos y simbólicos, que no pueden pasar desapercibidos. Han transcurrido muchos años, y hemos acumulado muchos encuentros fortuitos que nos han hermanado con muchos colegas cuyos nombres y apellidos ni conocemos. Son nuestros hermanos en el tiempo. Si bien la universidad nunca envejece, porque los estudiantes siempre son jóvenes, existe una creciente cantidad de profesores y profesoras que con su pelo cano y su andar más pausado, son, somos, los elocuentes protagonistas del paso del tiempo. Tiempo de despedidas. Encuentros que asumen nuevas y extrañas formas de saludar, que en nada se parecen a las de todos los días.


Caminos tantas veces recorridos…

Entonces, vienen a mi teclado, los ecos de las palabras de este amigo: “Sin duda alguna el haber participado y el habernos otorgado el gusto de compartir ideas, momentos, experiencias, anhelos y sinsabores hizo algo más que conjuntar vidas, que, como agregados de esperas, se nos fueron desgranando… sin sentirlo. Compartir la universidad es formar parte de un gran proyecto que, en muchas ocasiones y en muchos de nosotros, se convirtió en proyecto de vida. ¡Qué pequeña y miope es nuestra visión que nos hizo creer que aquello era toda la vida y era para toda la vida! Nada más lejos de lo que la realidad, eso que se nos presenta de manera elusiva y fugaz, puede otorgar a quien está atento a los pasos y los ciclos del tiempo. Dices que caíste en cuenta de ese sentimiento que se propaga, de manera inexorable, de que "somos viejos". Sí mi querido amigo, ya nos alcanzó el tiempo. Pero lejos de un final este es el momento precioso, cuando lo que pudimos acumular en el cansado andar de cada día se nos convierte en el tesoro que podemos pasar a otras generaciones. ¡Lástima que los tiempos individuales no son los tiempos institucionales! ¡Lástima, también, que los parámetros institucionales de valoración de quienes la conforman no coincidan con lo que la experiencia dicta y no permite que nos quedemos los ahora "viejos" a recorrer ya no los pasillos, sino los parajes del conocimiento, del arte y de la vida, con nuestro andar más lento, más cansino, más grave y más lúcido! Eso es lo que se pierde en instituciones como la nuestra, urgida por quién sabe qué pruritos, que hacen que los "viejos" tengan todavía, después de casi 40 años de vivir en la institución, que perseguir chamacos en su loca e ingenua carrera de fijar sus propios ideales de vida al llegar apenas a tocar las puertas de la universidad… Si fuese un seminario con aquellos que lo sientan necesario, si fuese un diálogo de mutuo entendimiento, conocimiento y crecimiento se podría seguir. Podríamos seguir en calidad de viejos semi-sabios. Pero mantener la docencia en toda intensidad, y no abrir espacios de reflexión en forma de mesas redondas permanentes, a la que se asomen colegas y estudiantes, eso es a mi juicio un desprecio por la vida académica y la vida intelectual”.

Un silencio y la voz de mi colega-amigo me sigue diciendo cosas que quiero publicar: “Por eso me voy, para seguir haciendo lo mismo, lo único que sé hacer, pero con otros tiempos, con otro ritmo, más acorde con lo que ahora mi edad y mi propia salud me permiten realizar. Para seguir dándome la satisfacción de pasar la experiencia a quienes, por gusto o por obligación, se ven en la necesidad de enfrentar, a veces de nueva cuenta, las aulas universitarias en los posgrados. Por lo menos ellos tienen el interés de terminar sus estudios y asisten porque creen que lo que "conversan" conmigo les ayuda en esa empresa. Sin duda, amigo mío, sigámonos viendo en los pasillos o fuera de ellos, para gozar de lo que la vida aun tiene reservado para quienes pueden ir al encuentro del otro que, como enigma, nunca podrá ser descifrado totalmente y siempre podrá brindarnos la alegría del descubrimiento del algo nuevo.”

Otro silencio. Al detenerme en las palabras de mi amigo, vuelvo a darme cuenta que siempre que lo escucho o leo, aprendo. Al comentar este intercambio, al compartirlo con otra colega más joven, surgen otros pensamientos, expresados de esta manera: “Este hablar de la y desde la vejez me hace ver que existe otra universidad siempre oculta y silenciada, más humana y más viva, que tiene que ver con lo profundo de la vida y el sentir de las personas. Es esta universidad la que yo mismo busco, esa que te permite encuentros para gozar de una conversación, de un debate, de lograr moverles el piso a los jóvenes estudiantes que se niegan a pensar. Lo triste de la historia es que muchas instituciones han dejado envejecer a su planta académica si percatarse de lo que tienen y de lo que pierden al dejar ir así, simplemente, a sus viejos. Hemos imaginado juntos una universidad distinta que hoy me invita a verla plagada de viejos respetados a los que acuden jóvenes académicos y estudiantes porque desean apropiarse de un poquito de su sabiduría forjada con en tiempo. ¿Acaso no es momento de pensar en una universidad capaz de combatir la gerontofobia, esa que se ha ido imponiendo a pesar de que cada vez son (somos) más los que transitamos hacia la vejez? La universidad se nutre de estos nichos en donde ocurren los encuentros que relatas, todo un tema para reflexionar. Esos amigos que todavía no se van, son aquellos con los que podemos conversar en serio y en broma, con inteligencia y desparpajo para decir lo que casi todos callan. Lo que estamos viendo es un ciclo en el que nuestros pares han experimentado un proceso de degradación del que yo mismo me siento parte (pues no soy ni con mucho lo inteligente y bien formado que fueron generaciones de universitarios que me antecedieron), en donde se ha precarizado la capacidad intelectual para hacer de los profesores chambeadores que sólo alcanzan a ver puntos y centavos, y también cómo se escapan del trabajo, de sus estudiantes, de la preocupación por hacer y que se hagan mejor las cosas. En fin, mundo difícil del que sólo nos percatamos con el paso de los años y que, no sé, tal vez se aprecie finalmente como una causa perdida, como un imposible inalcanzable, al momento de decir adiós. ¿Acaso el retiro será un adiós en el que la derrota se impone pues poco su pudo hacer para cambiar las cosas en la universidad? ¿Acaso es un adiós en el que acariciamos la victoria al haber logrado cumplir con nuestro deber autoimpuesto de trastocar las vidas de otros y la nuestra propia en los microespacios que habitamos todos estos años? En realidad creo que es un poco de ambas cosas; lo digo reconociendo la ingenuidad de un anticipado al que le resta un trecho del camino que seguramente habrá de darme lecciones para ver al final las cosas desde otra perspectiva. Por lo pronto, espero que el tiempo transcurra lento y nos permita hacer todo lo que nos falta, que no es poco”.


Fortaleza y experiencia acumuladas

Entonces regreso al diálogo original: -¿Sabías que ya me voy?- y en el cruce de sentimientos, detenemos la emoción, ahuyentamos las posibles lágrimas, y decimos una buena frase junto a un fuerte apretón… y después nos vamos, con el abrazo a cuestas, con el eco de un “nos vemos” que mal sustituye al adiós. Ese adiós que se repite, se anticipa, se posterga, para esconder la rara certeza de ser inmortales y de contar siempre con el día de mañana. Pero hoy, en nuestra universidad el adiós constituye el signo de su tiempo, el cierre de un ciclo, el momento en que el presente adquiere la forma de un punto, y no de una coma.

Y sin embargo tenemos suerte, pues podemos hablar y estamos hablando de nuestra despedida, en lugar de que sean otros los que hablen de ella, sin que nos enteremos. – Hay que celebrar este momento – le digo a mi colega. Y una vez cerrado el ritual, nos alejamos pensando que hay que aceptar la satisfacción de habernos entregado al trabajo docente, a la interminable lectura de los maestros que admiramos, a la persistente voluntad de escribir y de haber hecho lo que pensamos que era mejor para nosotros, para nuestros estudiantes y para la institución que nos cobijó durante tantos años. Hemos transcurrido por la vida universitaria de la mejor manera, y la seguiremos viviendo, mientras haya aliento, de las nuevas maneras que se pueda, desde nuestras casas, desde el jardín o el escritorio, desde la reflexión que abarca muchas décadas vividas, desde el descanso que nos permita despertarnos el día de mañana y continuar con ese libro, con ese diálogo, con las amistades de siempre, las casuales, las fortuitas, así como las más estrechas o estructuradas.

No se borró ese abrazo con el compañero que se detuvo para despedirse. No dejaron de estar cerca esas manos que se estrecharon, intentando ocultar la emoción del momento. Al contrario, vamos preparando nuestra salida, nuestra despedida, para seguir diciendo hola y adiós cada mañana desde donde estemos. Y seguiremos, sin duda, seguiremos, ¿qué otra cosa podemos o queremos hacer?

Donde estemos, nos llevaremos a la universidad con nosotros, no importa la forma que tome, no importa si en el recuerdo se mezcla una mancha de tinta Pélikan con el teclado de la última versión de nuestro I Pad. De todos modos la tecnología no nos envejece ni nos rejuvenecerá. La única manera de mantenernos dentro del ritmo vital que nos permita seguir produciendo, será en el encuentro buscado, y ya no aquel que promovían los pasillos, en concertar reuniones, aunque sea para tomar ese té de canela, o cualquiera de esas cosas que los médicos permitan, y seguir brindando con el agua más fresca, por el gusto de seguir dando juntos los pasos que la vida nos siga regalando. 

 

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