José Emilio Pacheco:Tomado del Muro de FB de Benito Taibo

Me acabo de enterar hace unos minutos. Y una tristeza honda, profunda, jodida como pocas me invade. Hoy más que nunca, como dice mi camiseta. "Todos somos PACHECO". Hace poco escribí esto que publiqué en este mismo muro, se los dejo. Así me voy acordar siempre de José Emilio: Elogio a José Emilio. Conozco a José Emilio Pacheco desde que soy un niño, desde siempre fue amigo de mis padres y de mi hermano y luego, y lo digo con enorme orgullo, también mío y de Imelda mi mujer. Nunca he conocido un escritor tan generoso, brillante, benevolente y cariñoso como JEP. Ni a uno tan glotón, tampoco. Cuando mamá se enteraba que vendría a casa a comer, casi siempre de la mano de la infaltable y espectacular Cristina, su pareja, hacía raciones extras; esto en una casa donde de por sí la mesa desbordaba pantagruélicamente por todos lados. -Mamá, esto es una barbaridad.- Decía yo señalando el perol hirviendo en donde se maceraba lentamente un inmenso cocido, una fabada asturiana, un estofado. -¿Pues cuantos somos?- -Es que viene José Emilio.- Decía, guiñando cómplice un ojo. Nunca lo vi dejar nada en un plato. Si acaso, sólo el plato. Grandote, tímido, encantador, preguntaba: ¿Habrá un poco más? ¡Está buenísimo! Y mamá le servía la misma ración que hacía unos momentos estaba integra frente a él y que por medio de pases de tenedor abracadabrantes, en instantes había desaparecido. Siempre llegaba con libros dedicados para todos, cariñosamente dedicados. Se había forjado entre nosotros una relación sincera, entrañable, cómplice, que pasaba por la literatura, la ideología y por supuesto, la comida. Me tocó viajar con él a La Habana, a la Feria del Libro que estaba en ese año (memoria traidora, no recuerdo exactamente) dedicada a México y donde José Emilio era invitado especialísimo. Íbamos sentados uno al lado del otro. Y nos dieron a cada uno una charola de comida en el avión. José Emilio señalaba mi pan y decía, ¿te lo vas a comer? Yo negaba con la cabeza y el pan se esfumaba; igual que la fruta, la mantequilla, el postre… Esa feria fue memorable en muchos sentidos. JEP nos adoptó a Imelda y a mí, y no iba ni a la esquina sin nosotros. Se le acercaba el jefe de protocolo cubano y le decía: -Hay una ronda de entrevistas en media hora en el lobby. Y José Emilio nos miraba y decía, afirmando más que preguntando: -Vienen conmigo. Y por supuesto, íbamos. -Por la tarde le entregarán la medalla del congreso cubano “Ciudad de la Habana”, el propio Emilio Alarcón, pasamos por usted a las cinco. Y JEP, volteaba y en voz baja nos advertía: -Sí no me acompañan no voy.- Y fuimos, por supuesto. Al entrar al viejo recinto parlamentario, vimos unas puertas de cristales velados a un lado. Y la curiosidad nos ganó. Las abrimos sin que nadie nos viera y había dispuestos sobre largas mesas un enorme bufete con quesos, carnes frías, canapés, ensaladas, ceviches. Acabábamos de comer pero José Emilio, se sentó junto a una de esas mesas y dio cuenta de un par de platos, antes de la ceremonia. -Son los nervios.- Decía, mientras se metía en la boca un trozo de cerdo con salsa. Llego la hora del ritual y nos hizo pararnos junto a él en el enorme hall donde se llevaría a cabo la ceremonia. –Por favor, no se vayan.- Y nosotros dos, como soldados, a su lado. Alarcón, después de un breve y cálido discurso, le dio en la mano la medalla conmemorativa (una moneda que por un lado dice: “475 Aniversario. Ciudad de la Habana. Y en relieve el escudo de la ciudad. Y al reverso Asamblea Provincial. Poder Popular”), luego un abrazo. Se acercó a Alarcón por detrás un funcionario y le dio algo que no vimos. Volteó y nos dio la medalla, también, a Imelda y a mí, sonriendo de oreja a oreja. Sin saber que hacer o que decir, sólo atinamos a poner la mano y recibirla. José Emilio dio un bello discurso de agradecimiento y luego pasamos al bufete. No lo quiero contar, pero estoy seguro que JEP seguía teniendo muchos, muchos nervios. Y por la noche, a una cena, en la embajada mexicana… Desde el otro lado de la mesa, vi como José Emilio se comió el pastel de la embajadora. Quería contar esta historia, tan sólo para decir que Pacheco no es sólo ese maravilloso tragón que reseño. Es sin duda una de las mayores glorias de nuestra literatura, además de un ser humano excepcional al que queremos y respetamos con verdadera devoción de amigos y lectores. Tengo aquí mismo mi medalla. Y la miro con enorme nostalgia recordando esos soleados, vibrantes, divertidos días habaneros. Si cierro los ojos y paladeo, siento el cerdo con salsa y la espléndida poesía del gran, inmenso, adorado José Emilio Pacheco.

 

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