Reflexiones personales sobre el despido de González Ruíz de la UACM: Dra. Mariana Berlanga

 

México, DF a 14 de mayo del 2014.

Sobre la denuncia de hostigamiento y acoso sexual y laboral en contra del profesor González Ruiz.

Después de todo lo que se ha dicho en relación al despido del profesor González Ruiz de la UACM tras la denuncia de Carmen Rodríguez y Clemencia Correa, me pregunto cómo se puede escribir desde un posicionamiento ético, responsable y sin contribuir al clima de polarización que se ha dado al interior de la UACM tras la noticia.

El tema me convoca, porque llevo años trabajando en él y es tal vez por eso que he tenido mucha cautela y he esperado a que las aguas se calmen un poco para pronunciarme: sé que es un asunto delicado, doloroso, complejo, pero por otro lado, considero que también constituye una oportunidad para reflexionar sobre la violencia que está y es parte de nuestra vida al interior y fuera de la universidad. Antes de seguir, quiero ser muy enfática en ese punto: estoy convencida de que la violencia es parte de nosotrxs y que nadie se puede posicionar como si estuviera más allá de ella. Eso es justo lo más complicado: asumir que la violencia no está afuera, sino que todxs, en distinta medida y en distintos momentos, la encarnamos.

Tal vez es por eso que nos mueve tanto una situación como la protagonizada por las compañeras y el propio González Ruiz; porque constituye una suerte de espejo que de una u otra manera nos refleja lo que somos, hemos sido o podemos ser en un determinado momento. 

Por otro lado, he sido testigo del caso, como consta en el expediente, y eso lo vuelve todavía más complicado. Conozco una parte de la historia desde mucho antes de que se volviera “un caso” para la universidad. Y me parece importante compartirla ahora que los ánimos se han serenado, aunque la inquietud por saber qué fue lo que realmente sucedió permanezca. Con esto, espero contribuir en algo a la reflexión en relación al tema más que a calificar o a juzgar a las personas implicadas.

Me enteré del acoso sexual que Carmen Rodríguez estaba sufriendo por parte de Enrique González Ruiz desde hace alrededor de tres años. Todavía estaba la ex rectora Esther Orozco al frente de nuestra universidad. Será por eso que me indigna con cuánta ligereza se habla de un complot por parte de la administración de Dussel. Fui la primera sorprendida cuando Carmen Rodríguez me contó de los acercamientos e insinuaciones de Enrique. Cabe mencionar que yo colaboré en el Posgrado en Derechos Humanos y tenía en alta estima a González Ruiz. Sin embargo, me queda claro que nadie está más allá del bien y del mal, menos cuando hablamos de la violencia de género, tan naturalizada en nuestras sociedades.

Me consta que Carmen pasó muchos meses sin saber qué hacer. Me consta que habló con Enrique, pues pensó que esa era la mejor forma de arreglar el problema sin necesidad de recurrir a nadie más. Me consta que Enrique no quiso escuchar las palabras de una mujer que abiertamente le manifestó que no quería tener una cercanía de tipo sexual con él. Los actos de acoso se repitieron, según me reportó Carmen. Si hay alguien que, desde mi punto de vista, hubiera deseado no pasar por todo este doloroso proceso es justamente ella. Si decidió hablar fue porque no vio otra forma de ponerle un límite a Enrique.

El caso de Clemencia Correa no lo conozco y es por eso que ni me atrevería a hablar de él. Pero lo que sí puedo asegurar es que, contrariamente a lo que afirma Enrique, fue Carmen la primera en hablar del asunto y la primera en decidir denunciar. Ella estaba decidida a hacerlo con o sin Clemencia.

La llegada de Enrique Dussel a la rectoría tras un movimiento que logró rescatar a la universidad de intereses oscuros, significó una esperanza, en el sentido de que se trataba de una administración que había emergido de un movimiento social y en ese sentido, tenía que ser congruente. Aún así, tanto Carmen como Clemencia sabían que el camino no iba a ser fácil, pues para nadie es fácil relatar con detalle este tipo de situaciones, menos, cuando la persona acusada está en una posición de jerarquía.

Hasta la fecha, veo que nadie se pregunta cómo fue posible que dos mujeres –que no eran amigas– se animaron a denunciar juntas a una persona con la que tenían una relación laboral, pero también una cierta “amistad”. Enrique las apoyó en ciertos momentos, lo cual hizo difícil reconocer la violencia y pero aún, denunciarla.

Carmen ni siquiera se atrevía a contarle a Clemencia la situación con Enrique. Nunca se imaginó que ella estuviera pasando por una situación similar. Decidió abrirse con ella, porque era era la otra mujer del posgrado. Ninguna de las dos fue cercana a la administración de Dussel, más allá de simpatizar con él por su posición ante el conflicto de la UACM. Hasta donde tengo entendido, la administración fue sumamente cautelosa con el caso. Luego de que el grupo de expertas lo declarara culpable, la administración propuso medidas para no tener que llegar al despido. Fue el propio González Ruiz quien se encargó de rechazarlas.

Es importante decir que fuimos varias las personas las que estuvimos presionando al Abogado General para que le diera seguimiento a este y a otros casos. A ello hay que agregar que en mayo del año pasado, Martha Karina Torres Jorge, estudiante del plantel Cuautepec fue víctima de feminicidio, lo cuál nos hizo ser todavía más enfáticas en el tema. Cabe recordar que fue otro estudiante de la UACM quien le quitó la vida, lo cuál nos hizo pensar que la universidad no se podía quedar cruzada de brazos en casos de acoso, hostigamiento y violación sexual, pues muchas veces este tipo de prácticas constituyen la antesala del feminicidio, como en el caso de la propia Martha Karina. 

La UACM emitió un comunicados en el que se pronunció en contra de la violencia hacia las mujeres. Incluso, dio asesoría legal a la familia de Martha Karina para que se hiciera “justicia”. Gracias a la intervención de la universidad, se logró que la sentencia de su asesino fuera por feminicidio. Todo lo anterior nos hizo pensar que nuestra universidad estaba innovando con una política que busca erradicar la llamada violencia de género, puesto que eso también es lo que se espera de una institución educativa: que difunda y propicie una serie de valores más allá de las lecciones impartidas en el aula.

Me parece honesto dar a conocer este contexto a la comunidad, ahora que el despido de González Ruiz está en boca de todo mundo, gracias a que él mismo lo ha dado a conocer. No soy abogada ni fui yo quien determinó la culpabilidad de nadie. Para eso se contrató a un grupo de expertas, que dicho sea de paso, tienen una trayectoria profesional impecable que cualquiera puede constatar. Me parece terrible que Carmen y Clemencia hayan pasado por todo esto, porque sé de sobra que decidir denunciar el acoso y el hostigamiento sexual no es fácil. He estado cerca de ellas y puedo decir que el anuncio del despido de González Ruiz no lo han vivido como un logro. 

Es una lástima que Enrique González Ruiz haya sido despedido y a nadie podría alegrarse de esa noticia. Quienes conocen mi trabajo académico y activista saben de sobra que desconfío mucho del mecanismo punitivo que prevalece en el concepto de “Justicia” –con mayúsculas– que nos rige. Pero, por otro lado, costó mucho que este tipo de actos estuvieran contemplados en nuestra legislación. Costó mucho que comenzáramos a desnaturalizar este tipo de prácticas, y a asumir el sufrimiento que producen en las vida de tantas mujeres.

Como lo ha expresado el Círculo de Estudios de Género en su comunicado, son muchas las reflexiones que tendríamos que hacer como comunidad en relación a al tema: ¿Qué mecanismos debemos implementar para erradicar la violencia? ¿Cómo podemos generar relaciones más respetuosas entre todxs los integrantes de la comunidad? ¿Cómo institucionalizar y transparentar estos procesos? Son muchas las preguntas, pero también los casos que demuestran que falta mucho por caminar para poder construir relaciones equitativas y respetuosas. En este preciso momento, hay varias estudiantes, trabajadoras y académicas, cuya integridad corre peligro por el simple hecho de haber terminado una relación de noviazgo o, simplemente, por intentar poner un límite.

Con lo que respecta a González Ruiz, él tiene derecho a impugnar la decisión de la universidad y eso es un procedimiento que debe resolverse por la vía jurídica. Con lo que respecta a la comunidad, considero que no se trata de linchar a nadie, ya que de esa manera reproducimos la violencia que estamos denunciando. Los juicios y las descalificaciones nos hacen copartícipes de un ciclo de violencia y no ayudan para esclarecer los hechos. Solo contribuyen a generar un clima de confrontación inútil.

 
 
 

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