Crónica de Juan Carlos Alonso Coronado

Crónica de Juan Carlos Alonso Coronado, quien cuenta su experiencia en la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa.

En donde las tortugas.

Como muestra de solidaridad, estudiantes, trabajadores y docentes de la UACM, organizaron una caravana rumbo a la Escuela Normal Rural Isidro Burgos. El objetivo de dicha movilización fue, entre otras cosas, llevar víveres para el movimiento normalista y apoyo a los padres de los 43 compañeros desaparecidos.
Con casi tres horas de retraso, pues la salida estaba contemplada a las dos de la tarde, la caravana partió del Plantel San Lorenzo de la UACM. Cargados con víveres, y miembros de la comunidad uacemita, del IMBA, el IPN y asociaciones civiles, cuatro camiones se perfilaron rumbo a la caseta México-Cuernavaca donde se haría la primera parada para reunirse con los autobuses de la UPN. Cuando comenzábamos a avanzar, se informó en los camiones, que se había dado la noticia de que encontraron seis bolsas con restos y cenizas, posiblemente de los 43, situación que cambió el contexto de la caravana y elevó la tensión de los asistentes, ya que no sabíamos qué tipo de ambiente nos esperaba al llegar a nuestro destino, si es que llegábamos. Una vez dada la información y otras indicaciones de seguridad y organizativas, se le recordó a los asistentes que la nuestra era una caravana pacífica y se había acordado no ser parte del plan de acción de la Normal. Después de los avisos, no tardaron en escucharse críticas susurrantes como: "Sólo vamos a enchinchar y no a luchar" y "¿tanta banda para entregar acopio?".
A las 18:10, la caravana uacemita se encontró con su similar de la UPN, estábamos completos y en camino. No obstante, a las diez de la noche se hizo una parada para ir al sanitario y media hora después, comenzó el rumor de que había, entre los miembros de la UPN, un supuesto infiltrado, situación que retrasó aún más la reanudación del recorrido y provocó un ambiente de incertidumbre entre los asistentes. Mientras esperábamos la resolución del dilema que nos retrasaba, pudimos ver el paso de 42 camiones militares, equipados con cocinas, insumos para campamento y un número nutrido de soldados; pensamos en posibles retenes e incluso represión, pero no volvimos a ver militares en el tiempo que duró nuestra estancia en guerrero. A las 23:30 retomamos la marcha, con la resolución de que la UPN se encargaría del acompañante incomodo. Obviamente no estuvimos de acuerdo, pero los coordinadores de la caravana no quisieron retrasar más el viaje.
Después de un largo, muy largo y pesado trayecto, la caravana uacemita llegó, justo a las 3 de la mañana a la escuela Normal Isidro Burgos. Miembros de la misma nos indicaron en dónde estaría ubicado nuestro campamento, una hora después ya teníamos armadas nuestras casas de campaña y nos preparábamos para descansar un par de horas, ya que el día sería largo y lleno de actividades. Con el canto del gallo y el rocío de la mañana, justo al amanecer, comenzaron los avisos que llamaban a los miembros de las comisiones de limpieza, cocina y seguridad que habíamos conformado; era hora de comenzar a trabajar. La Normal estaba viva y en movimiento, normalistas y pobladores miraban con asombro y extrañeza a los uacemitas que tomaban tareas especificas y las realizaban con el esfuerzo de quien comparte su causa:"son los primeros que vienen y cocinan" me dijo una señora que estaba esperando por un vaso de café; "muchos vienen a dejar despensa, pero duermen, comen y se van. Usted se ve fuerte, tómese un café y ayúdenos a bajar cosas porque muchos ya estamos viejos y cansados", así me dijo mientras esperábamos el café, sólo le contesté que para eso habíamos ido.
A mis compañeros del plantel del Valle y a mí nos tocó hacer guardia en la entrada principal de la Normal. Ahí pudimos ser testigos directos de la lucha de décadas que se veía reflejada en cientos de egresados, de diferentes generaciones, que llegaron a una reunión y a apoyar a sus compañeros de lucha: "soy egresado del 76" dijo con gran orgullo don Raúl cuando le pedimos registrarse para entrar; habitantes de los poblados cercanos llegaban a dejar comida o a demostrar apoyo moral a las familias de los compañeros desaparecidos; camionetas entraban con agua y comida preparada para alimentar al mar de personas que inundaba el lugar. 
Después de la guardia, bajamos a comer y nos dieron la noticia de que los normalistas harían una acción contundente, pero que nosotros debíamos quedarnos a resguardar y a defender la escuela en caso de una posible represión del gobierno; en nuestras manos quedaba la integridad de la casa en la que éramos huéspedes. A las 16:20, en medio de consignas y aplausos, los compañeros normalistas abordaron sus autobuses y fueron a prender fuego a la injusticia y al mal gobierno; los vi subir con el respeto que demuestra el que se queda y desea que todos regresen y que ninguno falte.
La escuela perdió movimiento, pero la calma duró poco, porque llegaron contingentes de la CNTE a dejar acopio y a demostrar su apoyo a la lucha de sus compañeros maestros, desafortunadamente su visita fue muy breve. Comenzamos a bajar cajas y cajas de víveres, llegaron más pobladores a dejar mole con pollo y a ayudar en diferentes tareas. En ese momento sólo pensaba en la seguridad de la Normal, ya que se me había encomendado organizar la guardia que haría el camión tres que era el que nos había tocado abordar en SanLo. Hacía calor y el día comenzaba a ceder, las aves daban sus últimos cantos mientras se acomodaban en las palmas y árboles para pasar la noche, la cigarra cantaba y casi haciéndoles coro, los normalistas que regresaban triunfantes, gritaban consignas que parecían inyectar energía en la mayoría de los presentes; acción cumplida, saldo blanco.
A las 21:00 horas comenzó la primera guardia, al camión tres le tocó un lugar denominado “la gloria”, a mí y a otros compañeros del mismo camión nos asignaron el turno de las dos a las seis de la mañana, y fue entonces cuando conocí el lugar, el más alto y vulnerable de toda la Normal. Tengo que confesar que fue la peor noche de mi vida, ya que el cansancio comenzaba a hacer estragos en mí y no podía más que pensar en soldados entrando por esa reja; creo que fue la única vez que sentí miedo por estar ahí. Con el frío y el sueño, las horas se hicieron largas, pero llegó el fin de nuestra guardia y fuimos a dormir, sin embargo, al entrar a las casa de campaña, me abandonó el sueño y a pesar de mis esfuerzos, no pude dormir. A las siete de la mañana decidí ir a conocer toda la normal, me sorprendí por su tamaño y por todo lo que había en ella desde su huerto hasta sus murales y pintas, incluso hay una alberca y una zona de pesca. Me senté un momento para descansar y uno de los normalistas me dijo: “no la vayas a deshacer” no sabía a qué se refería y se lo pregunté, él me contestó: “¡la tortuga!”. Después de unos minutos pude darme cuenta de que estaba sentado en un montículo de piedras pintadas de verde que estaban acomodadas en forma de una tortuga gigante. Había tortugas por toda la normal y pasaban desapercibidas para la mayoría, no creo haber contado todas, pero llegué a 22, de diferentes tamaños y colores (algunas no estaban pintadas y parecían un simple montón de piedras).
Sólo nos quedaba una actividad antes de partir: la reunión con los padres de nuestros compañeros desaparecidos. Después de esperar a que terminaran su asamblea, los compañeros de la UPN pasaron a ver a los padres de familia y a dejar apoyo en efectivo. El plan de nosotros era entregar a uno por uno el apoyo monetario y leer cartas que fueron enviadas por niños que expresaban su solidaridad con las familias de los compañeros desaparecidos. Varios tomamos el dinero que se había puesto en botellas cortadas a la mitad y comenzamos a entrar al auditorio donde se llevaría a cabo la actividad. Los padres escucharon atentos la lectura de las cartas (por el tiempo sólo se leyeron dos) y un Poema que el compañero Oscar Molina le dedicó esas familias a las que les habían arrancado una parte de su ser. La mayoría de nosotros no pudo contener las lagrimas al escuchar el poema y se hicieron más notorias cuando pasamos uno por uno a entregar el dinero a los padres y madres, “tenía 17 años” me dijo con tristeza la mujer a la que abrazaba y daba el dinero y palabras de apoyo; sabía, aunque lo deseara, que no podía regresarle a su hijo. El momento más difícil de nuestra visita fue ser testigos del dolor que se siente al no saber dónde y cómo está alguien que amas, de hecho, muchos lo sentimos. Al salir del auditorio lloramos por lo que habíamos visto y también sentimos odio por lo que el estado hacía y seguirá haciendo, “por eso hay que darles en la madre a esos cabrones”, “no lloren, necesitan fuerza”: fueron las palabras de Aldo y Roberto. Definitivamente, muchos no seríamos los mismos después de eso, pues fuimos testigos de una realidad de la que sólo habíamos leído.
Al terminar la reunión fuimos por nuestras cosas y nos preparamos para partir. Aproximadamente a las tres de la tarde salimos de la Ayotzi, de la rural combativa, la de las tortugas, la de Lucio Cabañas y los normalistas aguerridos, la que está uniendo al pueblo, la que perdió a 43 hijos que están presentes en cada acto que realizamos en su nombre, la que jamás olvidaré y a la que volveré, con un fusil si es necesario.

Vivos se los llevaron, vivos los queremos.
Autonomía, educación y libertad.

 

 

 

Publicación hecha sin la autorización del autor y sin que tenga conocimiento de esto, tomada de su muro de FB. si alguien lo conoce no le digan para evitar problemas de copyright, copyleft, copycenter, et al.

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