El expediente SNI como parte de una necesaria cultura archivística Luis Porter

LAISUM. – México.

La vida académica contemporánea, se ha visto estremecida por lo que podríamos llamar la “cultura de la evaluación”. Se han multiplicado las instancias que ejercen su particular presión para que convirtamos nuestro trabajo académico, en formas posibles de ser evaluadas. Lo que en este artículo abordaremos surge de este necesario o inevitable sometimiento al que estamos obligados para poder avanzar en nuestras carreras. La reciente elaboración de mi propio expediente a ser considerado este año por el SNI, me dejó una experiencia junto a una serie de reflexiones, alguna de las cuales quiero compartir con los lectores de Laisum, muchos de los cuales no estarán exentos de pasar por situaciones semejantes.

El mundo es complejo, los campos del conocimiento también lo son, pero a la postre, los que se presentan como académicos investigadores, intelectuales o científicos, habrán sido ubicados en uno de los tres niveles al que el SNI termina destinándonos. Es cierto, no es la única instancia evaluadora, los artistas, por dar un ejemplo tendrán que hacer lo mismo en su respectivo sistema. Pero los artistas son unos bohemios, y nosotros, los profesores, en cambio, somos seres racionales, aunque algunos nos ubiquemos en las ciencias blandas o lindemos con la poesía. En definitiva, la resolución que haga el SNI de la valoración del trabajo que presentemos, definirá el estatus de cada aspirante: su ingreso, permanencia, escalada, mismo que tendrá un efecto definitivo sobre la forma en que este académico o académica es visto por sus colegas, por sus coetáneos, por sus alumnos, su círculo social, lectores, y lo que es peor, o mejor, por él o ella misma.

¿Cómo abordan este instante crucial los académicos? Es algo que me he dedicado a preguntar a mis colegas, aunque la pregunta provoque todo tipo de defensas y escozores en los cuestionados, lo que me lleva a concluir que una importante porción de ellos la abordan mal. ¿Por qué ocurre esto? Es la pregunta que en este breve artículo intentaré responder. ¿Por qué la presentación ordenada de nuestro trabajo para ser sometido a evaluación, resulta un proceso largo, penoso, arduo, intrincado, y la mayoría de las veces, angustiante? Podemos comenzar respondiendo que la capacidad de entrega de un expediente claramente organizado y representativo de lo que somos y hacemos, está sujeta a condiciones para las cuales no se han tomado las precauciones y pasos necesarios. Dicho se trabajo se hace bajo condiciones adversas. El problema no es ser un investigador activo, un docente creativo o un académico en acción, o al menos, no se limita a eso. El problema es tener la capacidad de entregar un expediente, es decir, una síntesis de lo producido y vivido durante la trayectoria de determinados años, de manera clara, elocuente, representativa, ordenada, sujeta a las normas, inteligente en su selección, etc. etc. Para lograr ello, no basta con nuestra buena voluntad o la asesoría que de la manera muy amable y expedita, nos de el propio sistema. El asunto supera todo ello y está lejos de ser simple.

Hablábamos un poquito más arriba de los artistas, y con cierta mala intención los caracterizamos como unos bohemios. En la bohardilla que vivan, o en el loft donde extiendan sus lienzos, ellos también deberán presentarse a su sistema, en este caso el Concaculta para obtener su propio estatus y apoyos que le faciliten su carrera. Sin embargo, en el campo del arte, donde “exponer al público” es una actividad común y crucial, archivar y tener control sobre lo producido es parte del trabajo cotidiano del artista. Suena contradictorio que ese artista del pelo largo y la indumentaria laxa, haya desarrollado una capacidad de archivo, de la que el académico, con o sin corbata, carece. No hablemos de aquellos artistas que ya han recorrido una trayectoria y se encuentran en la madurez. En el mundo del arte, de las galerías, donde las revistas hacen crítica, y los investigadores hacen teoría, la producción artística está claramente valorada, normada y sujeta a estrictas reglas de catalogación y archivo. El artista tiene su galería, tiene su mecenas, tiene sus coleccionistas, tiene sus críticos, los museos y salas que exponen sus obras, incluyendo las que exponen los procesos que derivan en un “producto”. En la academia, en cambio, esto no sucede, los expedientes se organizan en lo oscurito, en los momentos libres, al pie de un librero caótico o de un escritorio desordenado. Nadie acude en su ayuda, y las reglas de juego que el sis-tema impone, están sujetas a sus avatares, cambios y decisiones, que a la postre llevan a que un académico normal, no pueda estar mas que perdido. Es así como la importantísima labor de integrar un expediente, vaya mucho más allá de la rutina cotidiana que vive el candidato que se somete a juicio, puesto que en dicha cotidianidad, con sus horarios bien definidos, con sus agendas diversas, no existan ni lineamientos ni espacios previstos para realizar bien esta ardua tarea, como lo hacen los bohemios.

Todos conocemos a muchos académicos que no tienen el estatus que merecen, basta hablar con ellos, para constatar que carecen de la organización necesaria para ubicar en el sitio adecuado sus múltiples productos de trabajo. Otros, en cambio, que quizás trabajan menos, o hacen menos, saben utilizar su tiempo para que sus productos se presenten en la forma y el lugar precisos, para terminar siendo mejor evaluados. La elaboración del expediente SNI requiere mucho tiempo, no se resuelve en una semana, ni en dos. Requiere al menos de un mes o mas de tiempo completo. ¿Qué es lo que dificulta su integración? El problema se origina en el control y orden que el académico tenga o no tenga sobre lo que ha hecho. Llegado el momento, bajo la presión de los plazos, responder a la convocatoria, desconcierta. El túnel oscuro en el que se convierte el procedimiento no tiene un claro primer paso. Nadie se ha ocupado de su metodología. Uno no sabe por donde comenzar.

Las variables que se debe manejar parecen infinitas. Si bien el CVU parece mostrarnos un orden, que forzosamente debemos atender, dichos rubros presentados en orden alfabético, no nos indican el camino. Si sumamos a ello, los vericuetos de un sistema cibernético poco o nada amigable, y además no actualizado, seguimos en la oscuridad sobre una multitud de ramificaciones que a menudo terminan en un cul de sac, o cerrada. Y de esta dificultad vamos hacia la otra mientras crece la lista de interrogantes. En suma, no estamos frente a un formato cuyas reglas facilitan surcar el laberinto. Por eso parte de nuestra labor como académicos es tomar conciencia de ello, ejercitarnos o hacer algo por dominar el desafío. Para ello es necesario que el trabajo de archivo y orden forme parte de nuestras tareas durante todo el año. Pero, ser capaces de archivar, de guardar adecuadamente lo que va surgiendo de las múltiples tareas propias de la vida académica, no es algo que podamos resolver individualmente. El tema al que nos lleva esta necesidad, de abrirnos paso en un tema que sigue dando mucho trabajo en la cultura organizacional mexicana, y es el asunto de la sistematización y cuidado en la documentación que da cuenta de nuestro trabajo.

Una de las pocas contribuciones positivas de la cultura de la evaluación, ha sido la de ir inculcando en el académico la conciencia de crear una cultura de archivo. Vivimos en una sociedad que se caracteriza por la distancia entre los procedimientos legales y la inercia de los usos y costumbres. Heredamos y repetimos una falta de cultura documental, de orden civil, (pensemos por ejemplo, en el testamento, las escrituras, los documentos que atestiguan nuestra identidad, nuestras propiedades, el uso del suelo, etc. etc.) lo cual provoca una serie de conflictos graves en la vida cotidiana del ciudadano común. Muchos de los bienes que creamos los académicos, son intangibles, pero otros son bienes materiales que tienen valor, y servirán de base para perpetuar el esfuerzo hecho por cada académico a lo largo de su carrera. Duele ver como en las universidades, y pongo el ejemplo de la UAM, reciben año con año los llamados “productos” de nuestro trabajo, publicaciones, prototipos, proyectos, etc. para ser evaluados, mismos que terminan enviándose a una fantasmal bodega, de la que no regresan jamás. Un ejemplo es el del profesor que cerrando su ciclo, quisiera donar sus papeles y su biblioteca a la institución que lo cobijo, y se encuentra que el espacio requerido, el tramite a llevar a cabo, la idea misma, se tratan como una especie de sorpresa no prevista.

Nos sometemos a la evaluación de pares y de comisiones, como una tortura necesaria, sin hacer un análisis de las consecuencias que tiene la poca importancia que le damos a la buena organización de nuestro trabajo. Muchos se sacrifican y prefieren ni asomarse a estos procesos. Las normas universitarias no contemplan aprovechar estos esfuerzos para que cada académico, de tiempo completo o parcial, considere como obligatoria la construcción de su archivo, incluyendo su biblioteca, ayudado con una clara definición de como debe ser su organización, no como un modelo para todos, sino teniendo en cuenta las circunstancias del sujeto en cuestión, y evitar así, las consecuencias negativas que la falta de atención a este asunto, provoca. Es comprensible la confusión en la comisión evaluadora, ante un expediente mal presentado. Podemos anticipar su consecuente impacto negativo en los resultados. Cada universidad, debería incluir en su camino para transparentar la rendición de cuentas, y la transparencia, la incorporación dentro de su sistema institucional de archivos, del archivo personal de cada uno de los académicos que forman parte de su planta.

La normalización archivística es una especialidad que no debe dejarse ni al criterio de un individuo, ni tampoco al criterio cambiante de una sola institución, así sea el Conacyt. Debe formar parte del ciclo vital de cada profesor o profesora, que con buena guía y claros parámetros, podrá dedicar tiempo, sin angustias, a realizar su trabajo archivistico, para el que su institución se ha preparado. Es urgente hacer a un lado todo criterio ambiguos, poco claro, contradictorio, muchas veces arcaicos, o respondiendo a una división del conocimiento que contempla ciertos campos como modelo, y ubica a otro en los márgenes desdibujados. El esfuerzo periódico de los profesores, no debería tener como destino una bodega, cuando en ese expediente, el académico se juega, posición, prestigio y estatus. Se trata de un problema que forma parte del derecho a la información, y a saber informar, que tienen las instituciones y que tenemos los miembros de la institución. Nuestro trabajo como investigadores, como docentes, como académicos, es público, y debe hacerse público. La elaboración del expediente no debería ser un problema individual ante el que el solicitante se sienta solo y perdido. El futuro de la evaluación implica el claro acceso a las reglas de juego por todos los medios, comenzando el de las redes electrónicas, conservando y cuidando los documentos originales, que aun con el progreso de la tecnología, seguirán siendo las escrituras de la historia. El acervo que sirve de estela a la trayectoria de cualquier profesor investigador, es la huella de vida de un ser humano dedicado a formar y crear, se trata de una riqueza que de ninguna manera debe de ser despreciada y mucho menos abandonada al triste destino de los papeles viejos.

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