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El baile de los XV años

El baile de los XV años

Valeria Flores Gama

 

En febrero de 2004, me incorporé como asistente académica del Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales, a la entonces Universidad de la Ciudad de México (UCM). Cuando llegué al edificio de Fray Servando 99 se respiraba un ambiente de novedad y ganas de hacer, había disposición en el aire. A mí, me entusiasmaba mucho la idea de trabajar en un proyecto que se estaba construyendo con los principios que desde muy pequeña me fueron inculcados: educación crítica para los jóvenes del pueblo. Me encontré con gente con la había crecido, pues muchos de los profesores y trabajadores de la Universidad habían participado en los movimientos estudiantiles y políticos de los años recién pasados.

La UCM ofrecía sus licenciaturas en los planteles de Casa Libertad y Centro Histórico; y nos preparábamos para la apertura del plantel San Lorenzo Tezonco. Desde ese entonces y hasta octubre de 2008, me tocó contactar, recibir sus papeles y dar la bienvenida a gran parte de los profesores de esta institución; verlos en sus primeras pláticas sobre el modelo pedagógico y tomar la palabra en las juntas de enlaces. Particularmente recuerdo la fiesta de fin de año de 2004. En el patio del plantel Del Valle –donde sólo se daban los posgrados-, nos reunimos a celebrar la autonomía recién lograda.

Bailábamos nuestro paso a la UACM, brindábamos por la consolidación de nuestro espacio de trabajo. En ese momento no medimos las consecuencias de lo que nos tocaba. No veíamos el caudal de responsabilidades que implicaba para los sujetos que conformábamos una institución tan pequeña y tan nueva, el hacernos cargo de nuestro propio destino. Temas que debieron discutirse para tomar acuerdos fundacionales, se dejaron de lado.

Cuando cambié mi adscripción del colegio al Consejo Universitario, mi visión de la Universidad perdió la perspectiva del trabajo académico del diario y pude observar los problemas estructurales de la institución. La verdad es que somos una comunidad muy grande, distinta y dispersa para ponernos de acuerdo fácilmente. También somos muy reacios al orden, a la autoridad, al deber ser y al estar quietecitos y calladitos. Cualquier intento del máximo órgano de gobierno por instruir, mandatar, determinar, no ha resultado de la forma tal cual se lo imaginan los proponentes cuando la mayoría de los votos de los consejeros se levantan en su favor. Recuerdo el día que se aprobó el Estatuto General Orgánico, con todo y que le faltaba el apartado de estructura académica y estructura administrativa, fue celebrado por ser un inicio. “Hasta aquí se pudo avanzar”, decían algunos de los miembros de la Comisión de Asuntos Legislativos del Primer Consejo Universitario. Y en efecto, dejaron pendientes para que otros más pudieran centrarse en la discusión de lo que faltaba.

La particular idea de lo que debe ser la universidad que tiene cada uno de los aquí trabajamos y estudiamos, nos ha llevado a varios conflictos. Una huelga logró la destitución de una rectora y nos hizo pensar a los que participamos que podíamos lograr plantear el rumbo de una Universidad a la altura de nuestros sueños. Ganamos pero nos perdimos, y la institución hoy, a quince años de su fundación, tiene deudas:

  • Le debe a sus profesores y trabajadores, reglas claras de operación; certeza en sus responsabilidades y obligaciones; y rutas de acceso al crecimiento profesional.

  • A sus estudiantes, mejores condiciones para investigar y construir conocimientos, para proyectarse como sujetos responsables con los procesos de transformación que requiere la sociedad.

  • A la ciudad, una institución que empiece a generar soluciones a las problemáticas que todos padecemos, y proyectos para que aquí vivamos mejor.

Sé bien que se ha hecho mucho, no quiero que se interprete que desprecio lo hasta aquí avanzado, pero también encuentro una necesidad urgente por retomar la discusión de los temas que nos permitan reforzar la labor diaria de las aulas. Necesitamos más recursos pero también dar cuentas claras de su uso. Participemos en la construcción, demos opiniones e ideas para renovar nuestro compromiso. Veamos que somos los mismos y que nos encontraremos en este espacio desde distintas posiciones, ya sea en nuestra adscripción de base o en puestos de representación momentáneos. Pensemos en la autonomía.

Pienso en esa noche de noviembre en la que, cerrada la calle de Donceles, bailamos frente a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Creo que nadie nos puede decir que no podemos organizarnos. No esperemos convocatoria, no esperemos a que la coyuntura nos obligue a parar para hacerlo.

 

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