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La UACM y Yo: David García Cárdenas


 

Por aquel entonces trabajaba en la Secretaría de Salud. Tenía bajo mi responsabilidad desde hacía unos dos años el Programa de Salud Escolar en el Distrito Federal. Llevaba todo ese tiempo batallando con la burocracia, tratando de que el programa resucitara de las décadas de olvido en la que lo habían dejado. Apenas el trabajo comenzaba a ponerse interesante y ya había un cierto grupo de equipos de salud escolar dispuestos a experimentar con nuevas formas de promover la salud. Yo había aprendido mucho en los cuatro años que tenía en la institución, pero la verdad mi trabajo distaba mucho de lo que había soñado, ya que para hacer el más mínimo cambio se requerían semanas o meses de trabajo. Cierto día me llamó la Dra. Consuelo Chapela para platicarme que le habían consultado sobre posibles candidatos para entrar a dar clases de promoción de la salud en la UACM, y que había pensado en Marta y en mí. No lo dudé ni medio segundo. Ya teníamos antecedentes, por Coni y por Manuel Outón de la Licenciatura en Promoción de la Salud y de la UACM. Muchas cosas parecían prometedoras, a pesar de que habíamos oído de los problemas que se venían gestando en los primeros años. Para mi era un sueño poder trabajar en un proyecto así en el que se conjuntaba mi interés por la promoción de la salud y mi vocación docente, para la cual ya me estaba preparando al cursar mi maestría. Era mayo o junio de 2004.

Después de la dictaminación y un mes y medio de inducción al modelo de la UACM (que no nos pagaron) encontré una universidad en la que había un gran entusiasmo entre las personas que estaban trabajando. Muchas cosas se estaban probando, muchas cosas llevaban unos cuantos meses, otras ya se habían desechado. Todo giraba alrededor del rector y sus ideas. Los coordinadores se comportaban como tus jefes.  La sensación imperante era esa: tener muchos jefes, y cada uno supervisaba su ámbito de acción de manera muy celosa. Afortunadamente eso se diluyó con el tiempo y los siguientes coordinadores, ya sea por madurez institucional o por desgaste dejaron esa actitud. A mi nunca me ha gustado tener jefes, (y desde hace tiempo me dejó de gustar la idea de ser jefe también).

El ambiente entre maestros era muy extraño, pero en ese tiempo quizás se gestaba el embrión de las amistades y enemistades que vinieron después…y de las que no hablaré. Cuando Carlos Martínez me invitó a escribir estas líneas acepté gustoso, sin embargo durante varios días las preguntas que me sugirió como guía dieron vueltas en mi cabeza. Se me pidió hablar de mi relación con la UACM. Cosa complicada. Se me ocurren muchas cosas de las cuales podría hablar.  Muchas de las cuales me dejan un sabor amargo, o agridulce. Podría hablar de mi paso por el Consejo Universitario, de ese tiempo que le dediqué a la universidad, de algunas cosas que aprendí, del valioso tiempo que invertí. De todo lo que no hice de mis proyectos profesionales en esos años; de lo poco que queda del trabajo que hicimos en el primer CU. Podría ponerme a opinar del lamentable estado e historia de nuestros órganos colegiados que tanto defendí y que la realidad se ha encargado de desmentirme. No. No hablaré de eso. Me parece que hoy no vale la pena. Tampoco hablaré de las intrigas, las envidias, las hostilidades, las traiciones los rumores y la competencia que forman el ambiente entre nosotros los profesores. No hablaré de cuánto nos ha costado, todo el daño irreparable, todos los años y energía perdida y lo poco que hemos construido.

De la misma manera podría hablar del trabajo colegiado, del los aciertos, de los sinsabores, de los aprendizajes y de cómo ha costado la madurez sobre la que hoy, de manera incipiente y más de diez años después, finalmente sirve de base para proyectos que darán fruto adelante.

Podría hablar del “Modelo de la UACM”, de lo que dice el papel. De lo que creo y lo que no. De cómo ha cambiado mi percepción en los últimos años. De las duras lecciones que he aprendido en el aula y en el cubículo. De cómo he luchado por no perder la fé en los estudiantes y de cómo mi fé se ha vuelto menos ingenua, más aguda. Podría hablar de la frustración que me produce que nuestra institución nunca se ha tomado en serio la investigación, de cómo en el  modelo estaba implícito nacer como una institución consumidora de conocimientos. Una universidad reproductora, no creadora. Una especie de prepa de especialización. Podría, indignado, preguntar  qué ¿en qué cabeza cabe que una universidad que promueve una educación científica  le niegue a los estudiantes la posibilidad de aprender en contextos de práctica investigación científica? Pero no seguiré por ese camino. Ya mucho se ha dicho sobre esto. Y además se me acaba el espacio. Cuartilla y media me dijo Carlos. Y yo sólo he hablado de lo que no quiero hablar.

Voy a dedicar mis últimas líneas a algo que la UACM me ha dado, que me mantiene aquí. Quiero celebrar los momentos de encuentro, el escaso y valioso trabajo colegiado que he mantenido estos años y que en etapas recientes ya se vislumbra prometedor. Quiero decir que valoro  la oportunidad de trabajar con los estudiantes, de aprender con ellos y de ellos. Puedo ver, a través de ellos, que mi trabajo vale la pena y en algunos casos hace la diferencia. Puedo sentir como en clase muchas veces me siento emocionado y regreso de ellas contento, eternamente insatisfecho, y feliz de estarlo. Puedo ver cómo tengo un trabajo en el que me puedo reinventar cada vez, en el que puedo experimentar, probar, cambiar, jugar y aprender. Para mi la docencia casi nunca es rutina, y me gusta mucho crear. Puedo agradecer a la UACM que no haya nadie que me diga qué enseñar y cómo hacerlo. Que a pesar de todo y con los años madura y se cultiva en mí el investigador. Que a pesar de todo me las estoy ingeniando para acercar la docencia a la investigación y que me puedo imaginar con emoción décadas de diálogo entre estos dos quehaceres.

 

DAVID GARCIA CARDENAS

JUNIO DE 2016

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