EL DÍA DEL PADRE, LA TORTUGA JOSEFINA Y BEETHOVEN

 
 
"me" compró cuatro tortuguitas japonesas, con todo el kit. Bueno, pues a cuidar tortugas.

 

De las cuatro tortugas tres sobrevivieron, y crecieron, crecieron, crecieron. Son animales fascinantes. A veces me ponía a observarlas, lo que me relajaba como si estuviera mirando y escuchando el mar. Compartía la alegría tortuguil cuando "mis" mascotas jugaban después de que les había hecho el aseo y cambiado el agua. En particular, me gustaba verlas haciendo un ritual que seguramente tiene funciones sexuales (ya ven que todo es sexual). Este ritual consiste en que una tortuga se pone frente a otra y ambas estiran sus patas delanteras hasta tocar las pequeñas garritas de la otra; después mueven sus dedos como haciéndose "cojquilla" (chiste local).

 

Como las tortugas aumentaron de tamaño, compré una pecera grande. No obstante, tenía que hacerles el aseo cada vez con mayor frecuencia, pues la producción de desechos orgánicos aumentó proporcionalmente al metabolismo de los quelonios. Si no lo hacía la peste inundaba la casa. Llegó el momento en que tuve que decidir entre dedicarme a buscar trabajo o hacerles el aseo a "mis" tortugas, así que hablé con mi hija. Le expliqué que las tortugas habían crecido mucho y que sería conveniente deshacernos de ellas, pues eran muy demandantes y yo no tenía tiempo para atenderlas y ella no tenía fuerzas suficientes como para cargar la pecera y hacerles el aseo. Esta vez mi capacidad de convencimiento sí fue suficiente y logré la aceptación de mi hija, pero ella me impuso la condición de que el destino de las tortugas respetara la dignidad de los reptiles y tomara en cuenta la calidad de vida que los animales merecen.

 

Localicé un lugar en el que reciben tortugas. Se trataba, me dijeron, de un programa supervisado por la Secretaría del Medio Ambiente y cuyo objetivo era reintegrar las tortugas a su medio natural. Fue así que mi hija y yo concurrimos a dicho lugar; ahí nos enteramos de que teníamos que llenar un formato de la mencionada Secretaría y aportar 100 pesos por tortuga… Bueno, pues a llenar el formato. Pero se habían acabado los ejemplares del formato impreso, por lo que me dieron algunas hojas en blanco y me prestaron un formato llenado por otra donadora de tortugas, para que yo me enterara del tipo de información requerida. Pedían el nombre de la tortuga, edad aproximada, forma en la que fue adquirida, hábitos alimentarios, enfermedades, etc. Al final, dejaban un espacio en blanco para hacer observaciones o comentarios sobre la tortuga donada. En el formato que me prestaron, en ese espacio estaba escrito el siguiente mensaje:

 

"A quienes reciben a Josefina:

 

"Josefina es mi tortuga, tiene trece años conmigo y la adoro, es mi única compañera. Soy una anciana jubilada que estoy sola y mis condiciones de salud ya no me permiten hacerme cargo de ella, sobre todo porque ya es muy grande y come mucho, y a mí, con mi raquítica jubilación, no me alcanza ni para comprar mis propios alimentos y medicinas. Josefina y yo nos queremos pero tenemos que separarnos. Sin duda ella estará tan triste como yo y seguramente nos haremos falta, pero no tengo otra opción que donarla. En la vida a veces tenemos que tomar este tipo de dolorosas decisiones. Espero que Josefina sea comprensiva y no me guarde rencor. Vendré a verla con frecuencia.

 

"A quienes se harán cargo de ella les pido que la traten con cariño. Josefina es como una niña consentida y, a veces, caprichosa, pero es muy agradecida cuando la tratan bien. En las tardes le gusta reposar al Sol y quedarse quieta, es muy probable que en esos momentos ella medite profundamente pues tiene una mal disimulada afición por las reflexiones filosóficas. En las noches, antes de dormir, le gusta escuchar música clásica. La Novena Sinfonía de Beethoven es su favorita. Si no es mucha molestia, les pido que cuando menos una vez a la semana le pongan esta sinfonía. Muchas gracias".

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