MI HISTORIA DE BULLYING O EL BÁRCENAS LE PUSO EN SU MADRE AL APODACA

MI HISTORIA DE BULLYING O EL BÁRCENAS LE PUSO EN SU MADRE AL APODACA

25 de mayo de 2014 a la(s) 12:07

Cuenta la leyenda que a una edad adulta, en realidad muuuy adulta, Prosaico Jiménez se enteró de que hablaba en prosa. Prosaico se llenó de orgullo: hablar en prosa es un toque de distinción, pensó. Además, se dijo, que él hablara en prosa seguramente se debía a su nombre: Prosaico. Para "Prosa", como le decía de cariño su mamá, fue como una venganza a las burlas que desde niño padeció por la brillante ocurrencia de sus padres al llamarlo con ese peculiar nombre. En fin, Prosaico fue feliz y, por vez primera, agradeció a sus padres por el nombre con el que deambulaba por la vida y que algún día se inscribiría en su tumba.

 

Supongo que algo semejante a lo que le sucedió a Prosaico nos ocurre al enterarnos de qué es el bullying: la práctica existía mucho antes de que la designaran como "bullying". Tenía otros nombres. Al buleador se le decía "gandalla"; al buleado se le decía "barquito", "puerquito" o, simplemente, "pendejo", y la frase recurrente para hacerle conciencia de su situación a una víctima de bullying era "ya te agarró de su barquito" o "ya te agarró de su pendejo".

 

Como casi todos, en mi tierna infancia también padecí bullying. Todavía recuerdo el nombre y el apellido de quien por méritos propios se había convertido en el buleador oficial de mi grupo de 3° "A"; tenía nombre de aventurero y apellido de virrey: Polo Apodaca. Era un niño güero, con cabello castaño, voz ronca y ojos verdes con mirada diabólica. Y sí, era el terror del salón, todos le teníamos miedo. Si ocurría la desgracia de que él pasara junto a ti o tú junto a él, lo menos que sucedía es que te diera un "trancazo" o te jalara el cabello. Nos robaba las tortas que nuestras madres nos hacían para el recreo, rompía nuestros libros y cuadernos y, además, se burlaba de nuestra condición de oprimidos por su non sancta voluntad. Polo Apodaca era el mandamás del salón, el dueño de nuestras vidas durante las horas escolares y motivo de preocupación durante el tiempo que no estábamos en la escuela.

 

Mi escuela primaria estaba en San Juan de Aragón y era nueva. Afuera había una fuente, hábitat de sapos, ajolotes y otras alimañas, y gozábamos de una amplia explanada en la que jugábamos futbol después de clases. A mi me gustaba porterear y aspiraba a ser un gran portero como Lev Yashin, más conocido como la Araña Negra, legendario portero de la selección de la URSS. Años después me identifiqué con el Gato o Supermán Marín, portero del Cruz Azul. Enfrente de la escuela quedaba el Zoológico de San Juan de Aragón, paraíso al que frecuentemente nos íbamos de pinta y en sus jardines cortábamos rosas para llevárselas a nuestras madres… hasta el día que nos atrapó la fuerza represiva del Zoológico y "criminalizó" el cariño por nuestras progenitoras. Estuvimos presos varias horas en la Administración del Zoológico, pero esa es otra historia.

 

Resulta que en una ocasión jugábamos futbol afuera de la escuela y yo, como siempre, pequeño émulo de Lev Yashin, era el portero de mi escuadra. Polo Apodaca salió tarde de la escuela porque estuvo castigado debido a alguna de sus múltiples fechorías. Como no tenía algo más importante que hacer, el Apodaca se paró junto al montón de mochilas que hacían las veces de portería y se dedicó a insultarme. Decidí no hacerle caso y traté de atender las jugadas que podrían requerir de mis hábiles cualidades de portero. En algún momento el Apodaca dejó de proferir insultos, intrigado volví la cabeza para indagar el motivo del silencio y, para mi sorpresa, supe cuál era la causa: el Apodaca se estaba "haciendo de las aguas", es decir, orinándose en nuestras mochilas. Polo vio que lo vi y sonrió burlonamente mientras seguía vaciando su vejiga. Mi mochila ocupaba el triste privilegio de estar arriba de las demás y, por lo tanto, era depositaria plena del nauseabundo líquido. La mirada se me nubló del coraje y recordé los sabios consejos que mi madre decía a sus hijos: "el valiente dura hasta que el cobarde quiere" y "ustedes no hagan, pero si les hacen no se dejen".

 

Sin medir las consecuencias y sin darle tiempo al Apodaca para que guardara el instrumento anatómico de su maldad, me fui contra él y sí, se armaron los madrazos, por lo que el juego tuvo que interrumpirse. Tardamos un buen rato peleándonos. La porra estaba en mi favor porque yo me había atrevido a desafiar al "machito alfa" de aquellos años, al gandalla que nos sometía a sus abusos, al pequeño cacique de nuestras vidas. Vale decir que alguna experiencia yo tenía en esas lides, no sólo porque no me perdía las peleas del Mantequilla Nápoles, boxeador cubano-mexicano estético y efectivo, sino también porque era frecuente que tuviera que saltar al ring callejero por causa de mi hermano, quien tenía una extraña afición a pelearse con niños de mi edad, más grandes que él, y eso yo no lo podía permitir siendo el hermano mayor. Cuando en el recreo había un "bolita" ya sabía que mi hermano estaba en el centro de la misma, dándo y recibiendo moquetes, peleándose con algún niño de mi edad. Ni modo, otra vez. Rápidamente me dirigía a la bolita y hacía a un lado a mi hermano para ocupar su lugar.

 

Pues bien, decía que la pelea con el Apodaca duró una pequeña eternidad callejera. El resultado final se expresó en una frase que se repitió en la escuela durante los siguientes días: "el Bárcenas le puso en su madre al Apodaca". Pero lo mejor de todo fue que el Apodaca dejó de agarrarnos de sus barquitos y el resto de escolapios le perdió el respeto o, mejor dicho, el miedo. Así terminaron los días del Apodaca como detentador de su poder ilegítimo, como buleador oficial del salón de clases. A pesar de ello tuve que poner a asolear mi mochila y mis útiles escolares, con una exigua esperanza de que se devaneciera el fétido olor de las líquidas miasmas del Apodaca.          

 

 

 

 

Publicación hecha sin la autorización del autor y sin que tenga conocimiento de esto, tomada de su muro de FB. si alguien lo conoce no le digan para evitar problemas de copyright, copyleft, copycenter, et al.

 

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